La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 2.

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Una vez en casa, comenzó la peor parte de ese día, pues mis padres estaban convencidos de que yo era homosexual. Ellos, al igual que muchas personas en la actualidad, conciben la sexualidad de una forma binaria, es decir, eres heterosexual o eres homosexual. Eso es. No hay nada más. No es posible (para ellos) que exista algo como un hombre al que le gusta vestirse de mujer y ser tratado como tal mientras lleva puesta esa ropa, pero que sigue conservando su atracción hacia las mujeres. Y la verdad es que no los culpo; yo llevo siendo feminófilo más o menos 26 años, y me costó muchos entender que no soy gay ni quiero convertirme en mujer a tiempo completo.

Comenzaron las amenazas, diciéndome que si lo que me gustaba era utilizar faldas y vestidos, entonces me comprarían muchos y me exhibirían así ante mis compañeros de la escuela y ante mis vecinos. Consideraron la posibilidad de enviarme a estudiar a un internado de monjas, para que ellas curaran mi”trastorno”. En resumidas cuentas, encontrar a su hijo vistiendo ropa de mujer para ellos fue la mayor decepción. No puedo saberlo a ciencia cierta, pero creo que para ellos el golpe fue si no peor, sí semejante a que hubieran descubierto que ingería drogas o algo por el estilo. Y no me malentiendan, no estoy tratando de juzgar a mis padres, pues los amo con toda mi alma y dada su educación y sus conocimientos limitados al respecto, reaccionaron de la única manera que habrían podido hacerlo. Si a alguien se puede culpar es a la sociedad, no a mis padres.

Las semanas y los meses siguientes continuaron siendo complicados, pues su confianza en mí era totalmente nula. No podían salir a la tienda y dejarme en casa 5 minutos porque pensaban que yo iba a correr a vestirme de mujer. Tenía órdenes precisas de salir de la escuela y esperar en un lugar visible a que ellos llegaran por mí, pues quién sabe si por el camino fuera yo a hacerme novio de alguno de mis compañeros. Las caricaturas que veía eran continuamente supervisadas en busca de mensajes que pudieran transmitirme la idea de vestirme de mujer. Cuando llegué a la secundaria, la presión para que tuviera amigas y no sólo amigos era muy fuerte, cosa que para mí era un tormento, pues siempre he sido muy tímida para hablar con chicas y empezar a relacionarme con alguna.

Por supuesto que la feminofilia es algo tan fuerte que no puede apagarse por más cuidada y supervisada que se encuentre la chica en cuestión. Algunos años después del incidente, cuando mis padres me habían devuelto la confianza suficiente para volver a dejarme sola en casa (pues los dos tenían que trabajar todo el día) al llegar de la escuela me despojaba de mi atuendo masculino y me vestía con la ropa del clóset de mi mamá. Obviamente era muy cuidadosa de no dejar evidencia, al grado de fijarme en los más ínfimos detalles como la posición de una blusa en un cajón o el lugar exacto donde estaban los zapatos.

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Hoy han pasado casi 20 años desde aquélla última vez que me descubrieron vestida, pero ha habido otras ocasiones en las que me he escapado por un pelo. También otras en las que lo que en un principio parecería una exageración y un exceso de precauciones ha resultado ser un salvavidas. Yo sé que 20 años después mis padres no confían en mí del todo en ese aspecto. Algo en su interior les dice que su hijo tiene algo diferente, algo que lo hace distinguirse del resto de los hombres. Y tienen razón: su hijo es un hombre tratando de superarse.

La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 1.

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Estoy casi por cumplir 30 años de edad y mi gusto por vestir ropas femeninas lo descubrí desde que tenía como 3 o 4, así que ya llevo bastante rato en esto. Siendo así, la probabilidad dicta que, viviendo con mis padres, era cuestión de tiempo para ser descubierta en flagrancia. Y así fue. He sido atrapada “con las manos en la masa” en más de una ocasión y pienso platicárselas todas. Sin embargo, no pienso comenzar en orden cronológico, sino de importancia. Así que hoy les contaré la primera parte de la última vez que me descubrieron, misma que fue la peor.

En aquélla ocasión estábamos mis dos padres y yo de visita en casa de unos tíos que no tienen hijos. Cursaba yo sexto de primaria y era un domingo. Después de haber comido, mis papás y mis tíos se quedaron en la sala platicando de “cosas de grandes” y yo subí a la planta alta de la casa a mirar la TV, o al menos eso fue lo que les dije, pues mi intención en todo momento había sido dirigirme a probarme una falda que mi tía se había comprado el día anterior en el Palacio de Hierro.

Pensaba hacerlo rápido, pues era consciente de que no contaba con mucho tiempo para poder disfrutar de la suavidad de aquél forro y de la caída de la tela, pero quedé seducida por sus atributos y me la dejé puesta más de lo que tenía planeado. Estaba tan contenta estrenando yo la faldita, que me puse realmente a ver la TV con ella puesta, imaginando que era yo la dueña de la casa y que me encontraba descansando, agotada después de un largo día de shopping y descansando antes de una pesada jornada de trabajo al día siguiente, seguramente en algún empleo que requiriera el uso de falda, medias y tacones (aeromoza, secretaria ejecutiva, corredora de bolsa…)

En ese ensueño me encontraba, cuando de pronto escuché que mi papá me llamaba desde la planta baja mientras sus pies recorrían rápidamente los escalones hacia la habitación en donde me encontraba. Presa del pánico, sólo atiné a correr al baño con la falda puesta y mis pantalones en la mano, pero al salir de la habitación me crucé en el camino de mi padre, quien me ordenó detenerme y comenzó a llamar a mi madre, exhortándola a subir.

Mi papá empezó a cuestionarme (de manera retórica, pues la respuesta era evidente) sobre lo que estaba haciendo, y yo, sin poder articular palabra, me puse a llorar y me desplomé a sus pies. Cuando mi mamá llegó, observó la escena: mi papá de pie y yo tendido y abrazado a sus pies ataviado con una falda y llorando. Como ya he dicho antes, no era la primera vez que me sorprendían vestido de chica, por lo que ya existían antecedentes. No estaban dispuestos a tolerarlo una vez más.

Me obligaron a cambiarme y sin que hubiera todavía dejado de llorar, nos despedimos de mis tíos y partimos hacia casa. Sólo 15 minutos en automóvil separaban ambos hogares, pero el silencio glacial los hizo parecer los más largos que yo recuerde haber vivido. Al llegar a casa la situación no mejoró en absoluto, sino todo lo contrario. Pero como no quiero aburrirlas eso se los contaré en el siguiente post. ¡Hasta entonces¡

Sigue leyendo la segunda parte aquí.