Mi ritual de transformación

Anteriormente he escrito acerca de la diferencia entre solo “vestirme”, y lo que llamo “transformarme”, pero en esta ocasión deseo compartir con ustedes la descripción de ese ritual de transformación, que a veces resulta mucho más placentero que el resultado final.

Lo primero que hago es deshacerme de vello. Comienzo por rasurarme la cara y para ello utilizo un rastrillo de mujer. Es fundamental que toda la experiencia sea lo más femenina posible. Al terminar, aplico un gel que reduce la irritación.

Luego viene lo más complicado, que es la remoción del vello que crece en el pecho, el abdomen, las piernas, las pompis, los pies y las axilas. Esto es lo que me toma más tiempo porque, dependiendo del lapso existente entre una rasurada y otra, hay que comenzar recortando los vellos con tijeras para dejarlos lo más pequeños posible, y luego ya pasar al rastrillo. Sé que más de una argumentará que existen otros métodos, como la cera fría, la cera caliente o las cremas depilatorias, pero para mí el rasurado es la elección. De igual manera que para con el rostro, utilizo también un rastrillo de mujer para este propósito.

Una vez que el vello ha sido eliminado, es momento de depilar mis cejas, y para esto me valgo de unas pincitas con el fin de retirar los pelitos que crecen entre mis cejas y los que se salen de la forma natural de las mismas.

A continuación, el baño. Con agua caliente para que se abran los poros. En este paso el champú, el jabón y el estropajo son también lo más femeninos posibles, ya que es relevante para mí que el aroma que desprenda al salir de la ducha sea un aroma característicamente de mujer. Antes de cerrar la regadera, una rápida aplicación de agua fría para cerrar los poros y ayudar a reducir la irritación del rasurado corporal. De nueva cuenta una aplicación del gel para después de afeitar al terminar el baño.

Una vez afeitada y bañada (y ya seca), me coloco la toalla en la cabeza como si tuviera el cabello largo, y me envuelvo en una bata de satín floreada color azul, mientras me dirijo a la parte de la casa en donde se encuentra mi guardarropa femenino. Abro el cajón de la ropa interior y escojo unas panties y un bra. A continuación, mi momento favorito llega: el de escoger blusa y falda. No es que tenga miles de opciones, pero sí las suficientes para tardarme diez o quince minutos para decidir qué usaré, quizás después de probarme dos o tres combinaciones.

Ya que estoy ataviada con el atuendo de mi elección, viene la hora del maquillaje. Tengo que reconocer que no soy muy diestra en la aplicación del mismo, pero disfruto muchísimo el proceso de hacerlo. Comienzo siempre poniéndome un corrector anaranjado en la zona donde me sale el bigote y la barba, que se extiende hasta la parte superior del cuello. Luego viene un corrector blanco para las ojeras, y este también lo aplico en mis párpados móviles. Por último, me aplico un corrector verde para los granitos y manchitas rojas. Una vez que todos los correctores están difuminados, utilizo la base en todo el rostro. Termino esto con una capa ligera de polvo compacto translúcido.

Sigue la sombra. Generalmente aplico tres tonos: uno medio para el párpado móvil, uno claro para la zona cercana al lagrimal, y uno oscuro para la parte externa. Ya que me he maquillado los párpados, viene lo que más problemas me causa, que es la colocación de las pestañas postizas. Usualmente me quedo satisfecha (o resignada) al segundo o tercer intento. Ya que están puestas, me valgo de rímel y un enchinador para fundirlas con las mías y que no se note la división. Finalizo el maquillaje con el lápiz labial e, invariablemente, me mando un beso a mí misma en el espejo al terminar.

Lo que sigue es el esmalte de unas. Elijo un color que vaya de acuerdo a mi blusa y pinto las de los pies y las de las manos. El tiempo que tardan en secar lo ocupo leyendo alguna revista de mujeres, como Cosmopolitan, Vogue o Vanidades.

Una vez que secó el esmalte de uñas, me pongo unas pantimedias naturales y los zapatos de tacón. Después me coloco alguna gargantilla y pulseras o anillos. Saco las pelucas de su escondite y elijo el look y el color que más me agrade en ese momento. Tomo dicha peluca, la arreglo con un cepillo y me la pongo. Vuelvo a cepillarla y, como último paso me cuelgo de mis orejas unos aretes de clip.

La transformación está completa y soy, al fin, Nadia Mónica Martínez S.

La culpa de travestirse

De acuerdo con mi terapeuta, la culpa no es un sentimiento innato, es decir, no nacemos con ella programada en nuestro abanico de emociones. Es algo que se aprende de la sociedad y el entorno que nos rodean. Su propósito: mostrar que estamos arrepentidos y que entendemos que lo que hicimos no estuvo “bien”, de acuerdo al código de conducta establecido por dicha sociedad.

Como he comentado en ocasiones anteriores, mi feminofilia comenzó desde una edad muy temprana. Recuerdo que en aquellos días solía pedirle a mi madre que me vistiera con un atuendo de mi bautismo que se asemejaba a un vestido. Yo lo hacía con toda la inocencia y sin culpa alguna, pues no sabía que era “malo” pero, con el tiempo aprendí que no “debía” sentir atracción por las prendas femeninas y comenzó la culpa por este gusto.

Eso me llevó, como creo que a muchas de nosotras, a refugiarme en la clandestinidad. A aprovechar los exiguos minutos a solas para vestirme con las escasas prendas que podía esconder en los rincones más variopintos de mi habitación. Al terminar de “vestirme” estaba tan excitada que inevitablemente venía la masturbación e inmediatamente después me invadía la mayor culpa y vergüenza de todas, que me llevaba a despojarme de esas prendas a toda velocidad, para después tirarlas y jurar que nunca lo haría de nuevo.

Pero ¡adivinen qué! De manera invariable, recaía. A veces unos días después, a veces incluso sólo unas horas después, y el ciclo se repetía. Yo hacía planes cada vez más sofisticados para no volver a vestirme de mujer. Me autoimponía castigos y sanciones con el fin de evitar hacerlo, pero nada funcionaba. Antes y durante el proceso de travestirme me sentía muy bien; motivada, emocionada, feliz. Pero, después, me sentía sucia, avergonzada e, incluso, pecadora, debido a mi educación bajo la religión católica tradicional.

Querida amiga feminófila: si tú estás en esta situación, quiero decirte que esta etapa es completamente normal y es parte del proceso de autoaceptación. La feminofilia o el travestismo heterosexual no es una enfermedad ni algo por lo que deberías sentirte avergonzada. Forma parte integral de quién eres y no puedes separarlo de ti. Es algo de lo que te hace ser tú. Aprende a aceptarte primero tú, si deseas que eventualmente los demás te acepten. Debes saber de antemano que, no importa cuánto arrepentimiento o culpa sientas luego de vestirte de mujer, es una sensación que siempre regresará. Te lo digo por experiencia.

Puedes tratar con todas tus fuerzas de alejar ese sentimiento de ti. Puedes prometerte dejarlo. Probablemente lo intentarás con toda la voluntad el día en que tengas novia o conozcas a una mujer con quien quieras compartir tu vida. Es muy probable que lo logres contener durante un tiempo; unas semanas, unos meses o, en el mejor de los casos, unos años. Pero déjame decirte, también por experiencia, que tarde o temprano las ganas por vestirte volverán, y con más intensidad entre más trates de reprimirlas.

Mi recomendación: acéptalo. ¡Vive tu travestismo sin culpas y disfrútalo! Que definitivamente te traerá muy buenas experiencias.

Control Z: Una serie que aborda la transexualidad

control z

Hoy vi el primer episodio de Control Z en Netflix. Confieso que no tenía idea ni de la existencia ni de la temática de la serie hasta que Zion Moreno, a quien sigo en instagram, la mencionó hoy en una de sus historias. Soy una fiel seguidora de Moreno, y no porque yo me considere transexual, sino porque sí que siento una gran empatía por ellas y admiro su valentía. Pues aquí estaba yo, sola en casa, con palomitas y recostada en mi sillón reclinable lista para sintonizar el estreno más reciente de Netflix en México. Acabé de ver el episodio de apertura de la serie y debo decir que, si bien no es el hilo negro y tampoco hablamos de actuaciones dignas de un Emmy, el programa cumple la función de entretener si la tarde de sábado se estaba convirtiendo en algo aburrido.

La trama me parece, a priori, semejante a lo que en su momento fue Pretty Little Liars: estudiantes de preparatoria de economías privilegiadas son contactados por una identidad anónima a través de mensajes de texto, y este personaje desconocido amenaza con revelar misterios que afectarán las vidas de los protagonistas. El primer secreto que se publica es (¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS VISTO EL PRIMER EPISODIO, DEJA DE LEER EN ESTE PUNTO) la transexualidad del personaje de Zion Moreno (quien en la vida real también es una mujer transexual), de nombre Isabela de la Fuente. Lo que quiero resaltar de este primer episodio es que me parece muy acertado que en una plataforma tan importante en México como es Netflix, se trate este tema. No me queda duda de que en las próximas semanas habrá un halo de hype rodeando a esta serie, y eso me parece muy bueno, porque pondrá el tema trans en boca de la audiencia y el debate alrededor de un tema tan crítico siempre es bien recibido.

Al ver el primer capítulo, me pareció que la serie logra retratar una de las problemáticas más grandes a las que se enfrentan no solo las trans, sino cualquier persona que presente alguna disforia de género, y quiero incluir a la feminofilia en este grupo a manera de generalización. Cuando el círculo de amigos del novio de Isabela se entera de su condición, lo primero que hacen es realizarle preguntas inapropiadas a manera de burla, tacharla de “puto” y hacer ademanes de asco. El novio, que conocía de antemano su situación pero quería mantenerla en secreto por temor justamente a las burlas de su grupo social, finge no saberlo cuando el secreto sale a la luz, diciendo que se siente traicionado por Isabela.

El punto que quiero expresar es que últimamente se habla mucho de tolerancia, de mentalidades abiertas, de que la sociedad está migrando hacia una actitud más respetuosa en temas de homosexualidad, transexualidad, feminismo, aborto y, en general, de derechos de ciertos nichos poblacionales; a mí me parece que todo eso sigue siendo una utopía. En este episodio no pude evitar sentirme identificada con el personaje interpretado por Zion,  ya que, si yo decidiera salir de mi clóset, diciendo a todos que me gusta transformarme en mujer durante algunos episodios, pero que conservo mi gusto físico y sexual por las féminas, también sería tachado de “puto”, incluso por personas a quienes en este momento considero amigos y amigas, y eventualmente muchos y muchas acabarían dándome la espalda y alejándose de mí. Otros quizás seguirían dándome su apoyo, pero a escondidas, para evitar ser juzgados por mantener una amistad con un “rarito”, con un “maricón”.

Bravo por Control Z y bravo también por Netflix. Aplaudo el acierto de mostrar esa realidad, que dista mucho de la idea de tolerancia que nos quieren vender. Y es que creo que todo se resume a que todos somos tolerantes cuando escuchamos que alguien abortó, o que alguien se unió en matrimonio igualitario con su pareja del mismo sexo, y aplaudimos la apertura de la sociedad… pero únicamente cuando esas noticias provienen de protagonistas distantes; en el momento en que sucede algo similar en nuestro círculo íntimo, es cuando volteamos la espalda o, en el mejor de los casos fingimos estar de acuerdo de una manera completa, pero hablando pestes a las espaldas de esa o esas personas. Por supuesto que no todas los casos son así pero, de nuevo, solo estoy generalizando y describiendo la big picture.

En fin, a seguir viendo qué es lo que sucede en el Colegio Nacional.

La feminofilia y el feminismo

fem

Hace algunos años leí un post en algún blog (juro que estoy tratando de recordar en cuál para poner el link) que hablaba sobre un tema parecido a este. ¿Qué tanto las feminófilas “traicionamos” los principios del feminismo? Es una pregunta que tiene respuestas complicadas, a mi parecer. Nunca me ha gustado generalizar, porque toda situación es diferente y cada feminófila tiene su historia y sus motivaciones, pero en estos casos es conveniente hacerlo.

Los hombres que gustamos de vestirnos con prendas femeninas tenemos una imagen de la mujer que las feministas tratan de cambiar. Nosotras imitamos a un estereotipo de mujer. Tenemos una idea preconcebida de cómo ser femeninas. Nuestros atuendos, por regla general, incluyen faldas, tacones y vestidos; las que podemos hacerlo, optamos por depilarnos las piernas y las axilas; disfrutamos de realizar las labores del hogar, argumentando que de esa manera nos sentimos “más femeninas”. Compramos muñecas para decorar nuestras habitaciones, adquirimos prendas de color rosa, porque es “de mujer”; fantaseamos con ser secretarias, sirvientas, u otras labores que requieran cierta “esclavización”, porque de esa manera nos sentimos “dominadas”, implicando que así es como una mujer debe ser: subyugada.

De manera inconsciente, declaramos que una mujer debe maquillarse, tener el cabello largo, las uñas pintadas y arregladas, y que su remuneración debe provenir de empleos que no plantean grandes retos intelectuales. Aquéllas que son bisexuales u homosexuales incluso se ven a sí mismas como la clásica esposa de épocas pasadas: en la casa, atendiendo a la familia y esperando la llegada del marido para atenderlo también. Se imaginan cocinando, barriendo, limpiando y teniendo todo listo para el señor esposo. Incluso he visto publicaciones en algunas redes sociales de chicas travestis preguntando si algún hombre está interesado en regalarles tacones o prendas a cambio de sexo, estipulando también una dependencia económica.

Frecuentemente declaramos que nos vestimos de mujer porque las admiramos tanto que queremos ser como ellas. Creo que esas actitudes no son de admiración. Qué distinto sería si nos imagináramos como ingenieras, científicas, si soñáramos que somos mujeres empoderadas, libres, que no necesitan maquillarse para ser mujeres, ni parejas que les regalen cosas. Eso, eso sí sería un tributo a las mujeres que tanto “admiramos”.

Se los dejo para que reflexionen. Los travestis/feminófilos estamos colaborando ampliamente a perpetuar la imagen de la mujer oprimida, un estereotipo que no le ha hecho ningún bien a nuestra especie. Sé que es inevitable, pues lo que nos atrae es precisamente la idea de las prendas, las pelucas, los tacones, el maquillaje. Solo las invito a tomar medidas para contrarrestar estas acciones. Cuando estén de hombres, traten bien y cuiden a sus mujeres. Déjenlas ser libres, desarrollar todo su potencial. Seamos empáticas con el género que tanto deseamos imitar.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 4.

El trayecto a casa no era muy largo; treinta minutos en auto separaban ambos hogares. Mamá intentó conversar con Rodrigo durante ese lapso pero, al no obtener nada más que monosílabos como respuesta, decidió dejar morir la conversación. En cambio, pidió a papá que hicieran una parada en el centro comercial para abastecerse de víveres que hacían falta en el hogar. Después de aparcar el automóvil en el estacionamiento de la plaza comercial, papá pidió a Rodrigo que acompañara a mamá mientras él esperaba en el auto, de esa manera las compras serían más rápidas.

-Hijo -dijo mamá-, trae un carrito de súper para poner las cosas que vayamos comprando. No tengo una lista, pero compraremos lo indispensable.

Al adentrarse en la tienda, fueron bombardeados por carteles que anunciaban grandes descuentos en los departamentos de electrónica, papelería, línea blanca y ropa. Tras examinarlos superficialmente, mamá decidió darse una vuelta por el departamento de ropa para damas y ver si había algo que valiera la pena. Rodrigo, todavía malhumorado y confundido, siguió a mamá. Una vez llegaron al departamento de Damas, lo primero que Rodrigo vio fue una vasta colección de faldas escolares en oferta, dada la proximidad del regreso a clases. Había de cuatro colores: blancas, negras, azules y cafés. Cafés, como la de Valeria. Ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos, era el precio de cada una. Por primera vez en su vida, Rodrigo pudo ponerle precio a un sueño; ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos costaba su felicidad en aquel momento.

Mamá revisó algunas prendas de manera superficial pero decidió no adquirir nada y darse prisa con las compras, debido a que papá esperaba en el auto. Salieron de la tienda con un par de bolsas y las pusieron en el maletero; abordaron el auto y pusieron rumbo a casa. Rodrigo parecía estar ya de mejor humor, pero mostraba cierta impaciencia por llegar.

-¿Todo bien, hijo? -Preguntó papá mirándolo por el espejo retrovisor y notando la impaciencia del pequeño-.

-Sí, papá -respondió éste con voz temblorosa y evitando mirar a su padre-. Es solo que me han dado ganas de ir al baño, es todo.

-Podrías haber aprovechado e ir a los sanitarios del centro comercial.

-Ya. Pero es que no he tenido ganas entonces.

-Aguanta -intervino mamá, falta solo un poco para llegar. Mientras tanto, trata de no pensar en líquidos.

-¡Mamá! -Protestó Rodrigo-.

Ni bien se había detenido el auto al llegar a casa, Rodrigo abrió la puerta y descendió del vehículo vigorosamente. Pulgoso se asomó por la ventana moviendo su cola de manera frenética, ladrando y arañando el vidrio en señal de reclamo por haberlo abandonado tantas horas. Mamá se acercó llaves en mano mientras papá bajaba del maletero las bolsas de las compras. Una vez la puerta estuvo abierta, Rodrigo subió corriendo las escaleras, ignorando las advertencias de mamá, y se encerró en el baño. Allí dentro, se quitó deprisa el pantalón y la sudadera, quedando al descubierto un bulto bajo su playera. Al despojarse también de esta, cayó al suelo la prenda mágica que representaba para el supermercado una pérdida de ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos.

La diferencia entre vestirme y transformarme.

How-to-Paint-Nail-Polish-742x496

Hoy me han dado ganas de vestirme de mujer.

Nada raro, ¿verdad? Considerando mi feminofilia. Sin embargo, un hecho que ya me había sucedido en innumerables ocasiones, y que había pasado inadvertido en todas ellas, hoy llamó mi atención: no quise esforzarme demasiado; la actividad de esta tarde estuvo lejos de las transformaciones a fondo que suelo hacer cuando Nadia viene a visitarme. Me limité a ponerme una blusa lisa (sin siquiera utilizar un brassiere o bralette), un par de pantalones holgados sobre unos undies de mujer, y unos zapatos sin tacón. Nada de lencería súper elegante, ningún vestido sofisticado, maquillaje o peluca fue añadido a mi atuendo. ¡Ah! También es necesario recalcar que me he dejado crecer la barba desde hace un par de meses, y no quise afeitármela tampoco.

¿Qué es lo que sucede? ¿Acaso estoy perdiendo las ganas de dejar salir a mi mujer interior? ¿Poco a poco me estoy “curando” de mi travestismo? Mmmm no, no lo creo (y quiero dejar bien claro que ser travesti no es ninguna enfermedad que requiera una cura). Simplemente creo que he identificado dos diferentes ramas en este árbol que me lleva a vestirme de mujer.

La primera de ellas es la transformación como tal. Este ritual es el que a todas nos fascina, y a veces es incluso más disfrutable el proceso que el resultado en sí mismo. La transformación es completa, es total. En mi caso, comienza afeitándome la barba al ras, metiéndome a la ducha y rasurando todo mi cuerpo, para lo cual incluso utilizo un rastrillo de mujer… todo tiene que ser femenino en este proceso; continúo depilando mi entreceja y dando forma a mis cejas, retirando todos los vellos que estén fuera de la forma natural que tienen. Luego, viene la elección de la ropa interior, cosa que es complicada dada la cantidad de opciones de las que dispongo. Una vez que he escogido algo, toca tomar la decisión del atuendo: ¿blusa lisa o estampada? ¿Vestido, falda o pantalón? ¿Pantimedias negras, naturales o decoradas? ¿Zapatos de tacón o de piso? ¿Abiertos o cerrados? Cuando ha terminado este difícil proceso, viene mi parte favorita, que es el maquillaje. Debo reconocer que soy pésima maquillándome, pero eso no quita el hecho de que disfruto enormemente hacerlo. Me gusta también ponerme pestañas y uñas postizas, cuando tengo el tiempo de hacerlo. Finalmente, la peluca. Después de que estoy totalmente transformada, viene el irrefrenable deseo de tomarme muchas fotos. Una vez satisfecha con las imágenes, y después de pasar un rato haciendo actividades cotidianas vestida de esa forma, comienza el proceso inverso, para regresar a mi faceta masculina.

La otra rama la llamo simplemente “vestirme”. No es una transformación, pues no estoy haciendo todos los pasos descritos en el punto anterior. Es simplemente lo que hice hoy: tomar una blusa, un pantalón, unos zapatos y listo. Mi necesidad de vestirme de mujer está cubierta. Me siento a gusto también así. Algunas veces el vestirme responde simplemente a la falta de tiempo para hacer la transformación completa, pero otras veces es únicamente que es lo que necesito. No siempre requiero de pestañas, uñas, maquillaje y peluca para sentirme femenina, y es algo que también disfruto demasiado.

A ustedes ¿les ocurre algo similar? ¿O solo a mí? ¡Comenten!

¿Soy compradora compulsiva de ropa femenina?

compras-compulsivas

Uff, ¡cuánto tiempo sin escribir nada! Pero ya estoy de regreso para plasmar mis sentimientos en estas líneas. Ya les había contado antes que mi feminofilia ataca por episodios; es muy intensa durante algunas semanas, y puede desaparecer por meses enteros… pues durante estos días acabo de salir precisamente de uno de esos episodios de sequía femenina en los que las ganas de vestirme y sentirme mujer fueron prácticamente nulas durante un lapso aproximado de dos meses.

¡Dos meses! Creo que mi lado femenino nunca me había abandonado durante tanto tiempo. Fue tan prolongada la ausencia de Nadia Mónica, que incluso me dejé crecer la barba ¡y hasta adquirí una cantidad considerable de ropa de hombre! ¿Por qué me sorprende esto? Por que nunca me ha gustado comprar prendas para mi guardarropa masculino. No sé si a todas les pase, pero a mí, adquirir camisas, zapatos, pantalones, suéteres, trajes, cinturones, o cualquier otro componente de la indumentaria propia de varón, me parece una pésima manera de gastar mi dinero.

Esta historia viene a colación debido a que, durante la ausencia de mi lado de mujer, al consumir digamos $1,000 en ropa de hombre, sentía que estaba gastando mucho, y pensaba dos veces al momento de pagar; o si había escogido tres prendas,al final quería dejar una, pues tenía la sensación de estar excediéndome en mis gastos. Sin embargo, ahora que mi lado de mujer ha regresado (y presiento que este episodio será muy intenso después de tanto tiempo), ya adquirí más prendas de chica, y en un par de días he gastado más dinero en ellas que lo que he gastado comprando ropa de hombre en seis meses.

¿Soy compradora compulsiva? No lo creo, pues las personas con este padecimiento experimentan remordimiento después de haber comprado, cosa que a mí no me sucede, lo que termina agravando más el problema, pues al no sentir pena alguna podría seguir comprando hasta límites preocupantes. Afortunadamente me encuentro en un momento en el que mi poder adquisitivo me permite solventar estos gastos, pero no quiero que esta situación llegue a representar un problema en el futuro (o en el presente, pues mi novia ya me ha llamado la atención a consecuencia de este inconveniente). Necesito un freno financiero de manera urgente. Trabajaré en una estrategia para remediar esta complicación y, si dicho plan tiene éxito, les estaré platicando los resultados.

¿Alguna vez les ha pasado algo similar?

 

¿Por qué me gusta vestirme de mujer?

29062524_1508238862816165_69455591180861440_n.jpg

Iba a titular este post “¿Por qué las feminófilas nos vestimos de mujer?”, pero decidí no hacerlo debido a que cada una tendrá sus propias razones, que no necesariamente serán iguales a las mías. Escribo esta entrada debido a que la novia de una chica feminófila me comentó que lo que más le ha costado trabajo entender es por qué nos gusta “vestirnos”.

Existe una respuesta que, desde mi punto de vista, es un estereotipo: decir que lo hacemos porque admiramos tanto a las mujeres que queremos experimentar lo que se siente ser como ellas. No dudo que lo anterior será cierto para algunas, pero estoy convencida que para la gran mayoría de nosotras funciona sólo como una respuesta fácil para evitar profundizar en explicaciones que no son nada sencillas de expresar.

Si en este momento alguien me pregunta por qué me gusta tanto vestirme de mujer, mi más honesta respuesta es: no lo sé. Y no respondo así con afán de cambiar de tema o de esquivar la explicación, sino que después de muchos años de darle vueltas al asunto en mi cabeza he concluido que no sé por qué, pero me fascina hacerlo.

Soy tradicionalmente una persona que investiga las razones de todo lo que me interesa, me gusta saber no solo cómo funcionan las cosas, sino por qué funcionan así; es por eso que durante las etapas más tempranas de mi feminofilia buscaba ávidamente una razón que explicara satisfactoriamente mi afición por vestirme, sentirme y actuar como mujer. Probé con la explicación “estereotipo” que mencionaba antes, y funcionó para autoconvencerme por un tiempo, pero se vino abajo cuando descubrí que hay muchas mujeres a quienes no les gusta ser femeninas. Concluí entonces que la frase “experimentar lo que se siente ser mujer” no tiene sentido, dado que “ser mujer” no significa lo mismo para todos, ni siquiera para las propias mujeres.

Probé después el argumento de que me gusta la textura de las telas de las prendas femeninas, pero cuando mi novia me preguntó si usaría con la misma emoción una pijama de satín para caballero que una de la misma tela para dama, me di cuenta de que las telas por sí mismas no son el motivo tampoco. Vamos, que aunque una minifalda sea de la misma mezclilla que mis jeans de hombre, prefiero mil veces vestir la minifalda. Además de que esa respuesta no explica por qué más allá de las prendas, me gusta también aplicarme maquillaje y usar peluca y tacones cuando me transformo en Nadia.

Después de años y años de introspección, de pasar incontables horas buscando una explicación para este sentimiento que me caracteriza, llegué a la conclusión de que me gusta vestirme de mujer por que sí. Y si yo estoy conforme con esa respuesta, debes estarlo tú también cuando me preguntas la razón. Sé que no es una explicación reveladora y que no aclara ninguna duda, pero es sencillamente que no hay nada que aclarar. Solo aceptarlo.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 3.

Capítulo 2.

-Trato hecho –Valeria extendió la mano para cerrar el acuerdo. Rodrigo asintió con la cabeza y estrechó la mano de su prima.

 -Mira que no sé si eres tonto o valiente. ¿Sabes que he participado en concursos nacionales de ortografía? –Dijo ella.

-Sí, pero hasta el momento no has ganado ninguno, ¿verdad? –apuntó Rodrigo con un hilo de satisfacción en su voz-, lo que significa que no eres invencible.

-Ya lo veremos, mocoso. Has escogido un castigo muy extraño si es que pierdes. ¿Seguro que no quieres apostar otra cosa?

-Estoy seguro. Tu cabello es muy valioso para ti, y no he encontrado de momento algo que yo pudiera apostar que valiera el precio de tu larga cabellera.

Rodrigo se acercó a su prima y tomó un mechón de pelo entre sus dedos. Al estar más cerca de Valeria notó que llevaba las pestañas enchinadas y una fina capa de delineador.

-No sabía que ya te maquillabas –le dijo de pronto, con una expresión de genuina sorpresa-. ¿Lo saben tus padres?

-Pfff –soltó ella alejándose con un ademán que le restaba importancia al asunto-, no tienen por qué saberlo. Lo hago sólo por juego, tratando de que no se note mucho que llevo algo puesto. Además, estoy a punto de entrar a la secundaria, pronto seré una señorita.

Se volvió hacia su mochila decorada con unicornios con grandes ojos y largas pestañas, y sacó un cuaderno con hojas rosa pastel y dos bolígrafos con tinta azul con brillos. Arrancó un par de hojas y le tendió una a su primo junto con uno de los llamativos lapiceros.

-Y ¿cómo lo haremos? ¿Quién de nosotros decidirá la palabra que vamos a escribir? Si yo lo decido, yo sabré escribirla, y si tú la decides pasará al revés. A no ser que seas tan bobo como para escoger una palabra sin saber cómo se escribe.

Rodrigo volteó a ver furtivamente la falda, respiró profundo y se dijo que llevarla puesta valdría todos los insultos de Valeria.

-Pues para ir en secundaria te falta bastante imaginación. Se nota que sólo haces lo que te dicen los profesores y nunca piensas por ti misma. Imagino que, siendo tan ñoña como eres, tendrás un diccionario a la mano. Lo haremos de la siguiente forma: escribiremos diez palabras cada uno –de repente, a Rodrigo le vinieron ganas de decir “cada una”, pero pudo contener ese deseo-. Las palabras serán dictadas por el rival, quien antes las buscará en el diccionario. Al final, entre los dos calificaremos la lista y el que obtenga más aciertos será el ganador.

-Bien, me parece justo.

Se dio media vuelta para encaminarse al librero; era un mueble de madera de mediano tamaño que contenía volúmenes como El Principito, Momo, La Historia Sin Fin y otras obras clásicas para lectores jóvenes. Del segundo estante extrajo un grueso diccionario enciclopédico de pasta dura y lo llevó a su mesa de trabajo, igualmente decorada con unicornios.

-¿Sabes algo de Biología? –Preguntó.

Rodrigo ni siquiera contestó, se limitó a negar con la cabeza.

-Bien –continuó Valeria-. Escogeremos palabras sólo de esta sección del diccionario, para que ninguno tenga ventaja sobre el otro. Ya que tú eres el retador, te toca dictarme primero. Diez palabras. Estoy lista.

Las manos de mi álter ego trataron de levantar el diccionario, pero de inmediato notaron que era bastante pesado. Torpemente, Rodrigo abrió el libro en la sección acordada y así comenzó la búsqueda de palabras. Era necesario escogerlas no muy complicadas, pues resultaba vital para sus planes que su prima ganara la apuesta.

Desfilaron poco a poco las palabras.

-Fotosíntesis –fue diciendo mientras seguía recorriendo las hojas en busca de otros vocablos-. Metamorfosis. Biosfera. Evolución. Célula. -Rodrigo estudió la expresión de Valeria justo a la mitad del listado. Se le veía confiada y tranquila. La competencia parecía pan comido para ella.

-Ácido –continuó-. Enzima. Colágeno. Mutación. Glicérido.

-Bien –dijo la malcriada chiquilla al terminar de escribir la última palabra, para después sonreír con malicia-. Mi turno.

Tomó el diccionario y fue pasando las páginas una a una, buscando los términos más complicados en ese mar de texto. Sonrió nuevamente con malicia antes de soltar el primero.

-Glucogenolisis.

Fue imperceptible la sonrisa que se dibujó en el rostro de Rodrigo. Tenía la certeza de que iba a perder. Valeria buscaba las palabras más extrañas con tanto ahínco que pasaron casi veinte minutos para que le dictara la última.

-Abscisión –dijo por fin.

Al terminar Rodrigo de escribir, comenzó la revisión de los listados. La prima pidió ser la calificadora, pues su espíritu competitivo era insaciable; quería saber cuánto antes lo bien que le había ido para tener una idea exacta su destreza, así que comenzó por revisar su propio examen.

En ese momento, los oídos de Rodrigo captaron algo que no le gustó: pisadas de tacones. Sabía que la única mujer que llevaba tacones en ese momento era su madre, nuestra madre. Supo que la hora de regresar a casa se aproximaba, la visita a casa de sus tíos estaba a punto de terminar, pues nuestra mamá llevaba a cabo la misma rutina cuando acudíamos con nuestros tíos: se encaminaba de la sala a la cocina para ayudar a mi tía con los trastos, tarea que solía durar no más de veinte minutos. ¡No podía estar pasando! ¡Estaba tan cerca de cumplir ese extraño deseo de usar esa falda!

Para colmar las cosas, la calificación de los listados de palabras estaba tardando más de lo pensado, debido a que ninguno de los dos tuvo la precaución de anotar las palabras que le dictaba al otro, y entonces tuvieron que volver a buscarlas en el diccionario para compararlas y saber si estaban bien o no.

Afortunadamente, la futura estudiante de secundaria tenía destreza para encontrar las palabras y terminó pronto de calificar su prueba. Seis aciertos de diez posibles. No le había ido tan bien como esperaba, sobre todo por culpa de algunas tildes que no había considerado. La decepción era evidente en su expresión facial. Y también en la de Rodrigo, que esperaba una victoria contundente de su prima.

Inquieto, apuró a su irritante contrincante a calificar su hoja. Cuando llevaba cinco palabras revisadas, Rodrigo acumulaba únicamente tres aciertos. Al terminar de comparar la séptima palabra llevaba cuatro, y en ese momento los sonoros tacones de mamá subían las escaleras en dirección a la habitación donde se encontraban, sin duda para anunciar que era hora de ir a casa. Octava palabra: error.

-¿Qué pasa si empatamos? –Preguntó Rodrigo, haciendo una mueca.

-Nada. Si nadie gana, nadie pierde tampoco –respondió ella, sin duda molesta ante esa posibilidad, pues ella siempre buscaba vencer.

La puerta se abrió.

-Rodri, hora de irnos –dijo mamá asomando la cabeza por la abertura -. Despídete de tu prima y trae tus cosas. Te esperamos afuera en el auto.

-Sí, mamá. Bajo en cinco minutos, sólo debemos finalizar un juego.

-No tardes –dijo nuestra madre. Se volvió y bajó las escaleras provocando el mismo bullicio como cuando había subido. Rodrigo divagó, imaginando que era él quien hacía el mismo ruido portando también unos tacones.

-¡No puedo creerlo! –Anunció Valeria, sacándolo de su breve ensimismamiento-. ¡Llevas cinco aciertos de nueve!

Al parecer la estratagema empleada por el pequeño Rodrigo había resultado a la inversa de como lo había planeado. Él no conocía la mayoría de las palabras, pero las había escrito diferente a como había imaginado que era lo correcto. Todo indicaba que su imaginación lo iba a traicionar. Finalmente, llegó la décima palabra.

Abscisión. Incorrecta.

Instintivamente, Rodrigo fingió coraje y frustración. Aunque este último sentimiento se convirtió en sincero rápidamente al darse cuenta de que, a pesar de que su plan había funcionado, ya no disponía del tiempo suficiente para cumplir el “castigo” pactado con Valeria. Ella sonrió y alzó las manos en señal de triunfo.

-¡Sí! –Gritó. Luego señaló a su primo con ambos índices mientras resonaban carcajadas de superioridad-. ¡Gané! ¿Quién es el tonto ahora?

-Sí, sí. Ya –Respondió él, torciendo la boca hacia un lado, pretendiendo estar molesto-. Tú ganaste, pero de nada te sirvió, ya no hay tiempo para que pague la apuesta.

-Cierto –expresó, cayendo en la cuenta de que su primo tenía razón-. Hoy no, pero esto no se me va a olvidar. La próxima vez que vengas tendrás que pagar, de ésta no te vas a librar tan fácil, primito. ¿O debo decir primita?

-¿De qué hablas? –Rodrigo frunció el ceño al decir esto.

-Pues sí –dijo Valeria sin dejar de burlarse-. ¡Los niños no usan falda! Así que si te la pones vas a ser mi prima.

Los niños no usan falda. Este pensamiento no había cruzado la mente de Rodrigo. Pero entonces ¿por qué sentía un deseo tan fuerte de hacerlo? Él era un niño. Tenía pene, que era lo que todos los hombres tenían, de acuerdo a lo que su padre le había dicho. Le gustaba jugar a la pelota y se había peleado a golpes una vez en la escuela. No conocía a ninguna niña que peleara a golpes ni que jugara a la pelota.

-¡No soy niña¡ Y esta fue una apuesta estúpida –respondió, visiblemente irritado. Salió apresuradamente de la habitación y se dirigió escaleras abajo, a reunirse en el auto con sus padres.

Se sentía confundido. Él no quería ser niña. Quería ponerse la falda del uniforme escolar, pero eso no significaba que quisiera ser mujer. ¿Era eso posible? ¿Qué estaba sucediendo? Cuando salió de la casa, papás y tíos caminaban por el camino de gravilla que cruzaba el jardín hacia el auto, programando la próxima visita. Se despidió de los tíos de mala gana y subió al auto antes que papá y mamá. Se quedó en silencio, pensativo.

 

Parte 1.

Parte 2.

Propósitos de año nuevo de una feminófila.

femininity.jpg

El primer mes de 2018 está a punto de acabar, y yo apenas vengo a escribir mis propósitos para este año, pero ya dice el dicho que “más vale tarde que nunca” y además, creo que 11 meses son suficientes para cumplir lo que tengo en mente lograr como mujer en estos 334 días. Así que sin más preámbulo, mis objetivos 2018.

1.- Vestirme de novia. Ya lo vengo postergando desde hace varios años, y las razones principales han sido la económica y la logística, ya que no es nada barato comprar un vestido de novia, y guardarlo sin que mis padres lo descubran es tarea imposible. El plan para este año es comprar las telas y mandarlo hacer a medida, y guardarlo en la casa de mi novia.

2.- Bajar de peso para lucir más femenina. No quiero cambiar mi cuerpo para que parezca de mujer, pero sí bajar los kilos que me sobran para no tener lonja. De esa manera me sentiré más segura usando ropa ajustada o vestidos más pegados.

3.- Dormir con ropa de mujer más seguido. El plan es hacerlo todas las noches, pero sé que no siempre tendré ocasión de hacerlo. Pongámosle número: dormir 200 noches del año como mujer.

4.- Salir a la calle vestida de mujer. Me da pánico, pero también es una espinita clavada que me quiero sacar. Es cuestión de encontrar una zona que sea tolerante con mi condición y animarme a hacerlo.

5.- Aprender a maquillarme. Creo que he mejorado mucho en mis primitivas técnicas de maquillaje, pero quiero aprovechar este año para realmente aprender más trucos y secretos, además de adquirir más maquillaje, que me fascina.

Ahí están, 5 objetivos para mi ser feminófilo que planeo cumplir durante 2018. ¿Cuáles son los tuyos?