¡Gracias!

Este post es exclusivamente para agradecerles por tomarse el tiempo de leer mis pensamientos. 2021 se ha posicionado como el año que más visitas ha recibido este humilde blog. El 2018 era el récord a romper, y no se consiguió durante 2019 ni 2020, pero el 2 de septiembre de este 2021 se logró superar la cifra de 25,237 visitas. Y todavía faltan casi tres meses de este año.

De verdad agradezco mucho que todas y todos ustedes tomen tiempo de sus vidas para leer lo que publico, que tiene la sola finalidad de ayudar a las feminófilas a saber que no están solas, que existimos personas que hemos pasado por la misma confusión y tenido los mismos miedos y dudas que ustedes, pero que logramos ver la luz al final del túnel. También busca ofrecer a las parejas de las travestis un panorama menos apocalíptico, y ayudarles a entender que se puede vivir perfectamente en pareja con una chica feminófila.

Espero seguir ofreciéndoles contenido que les resulte interesante y que les ayude en su travesía por el maravilloso mundo de sentirse mujeres.

¡Viva la feminofilia y viva México! Aprovechando que estamos en septiembre.

El clóset. ¿Es indispensable salir de él?

No.

Aquí podría terminar este post, simplemente respondiendo a la pregunta que yo misma planteé, pero no es el caso. Lo que trato de hacer es arrojar algo de luz al oscuro poso que envuelve toda esta cuestión.

Definamos primero a qué me refiero con “salir del clóset”, y hablo de que nos revelemos como travestis ante la sociedad en general. Que todas las personas que nos rodean sepan que nos encanta vestirnos y sentirnos mujeres en la intimidad, que ya no sea un secreto, con el fin de aliviar la carga que a veces puede generar la doble vida que solemos llevar.

Desde mi punto de vista, creo que para el caso de nosotras las travestis no es indispensable salir de ese armario que suele resultar tan cómodo y, sobre todo, lleno de hermosas, delicadas y variadas prendas femeninas. Al contrario de como sucede con los y las transexuales, quienes en general buscan el reconocimiento con el género con el que se identifican por parte de familiares, amigos y personas en su entorno laboral; o las personas homosexuales, quienes también deben anunciar sus preferencias si desean vivir una vida amorosa y sexual plena sin tener que esconderse del mundo, lo que pasa con las travestis no requiere que todas las personas lo sepan.

Estoy plenamente consciente de que a muchas nos encanta o nos encantaría salir de vez en cuando a la calle totalmente transformadas en mujeres; asistir a reuniones, fiestas, bailes, ir al cine o simplemente a caminar por algún parque o alguna plaza comercial, pero ello difiere mucho de querer pasar el 100% del tiempo en nuestro rol de mujeres. Lo nuestro es temporal y lo sabemos. Sí, repetitivo e intermitente, pero siempre temporal. Tarde o temprano acabamos volviendo a nuestro rol de hombres y la vida sigue como si nada. Aunque, por otro lado, tener aliados también resulta indispensable. Cualquier secreto, sin importar la naturaleza de este, conlleva inherentemente una carga, y si dicha carga se comparte entre varias personas, a cada quien nos toca cargar menos. Lo dicta la propia física.

Entonces, ¿salir o no salir? Lo que yo recomendaría es salir “a medias”. No corramos a decírselo a todo el mundo. ¿Es necesario que mi jefe o mis compañeros de trabajo lo sepan, puesto que es improbable que alguna vez me vean transformada? No. ¿Es imprescindible que mis vecinos conozcan mis tendencias travestis? No, tampoco. Hay que escoger bien con quién vamos a abrirnos de capa y mostrarnos tal como somos. En primer lugar, debe ser una persona digna de toda nuestra confianza, que sepamos que no va a divulgar nuestro secreto sin nuestra expresa autorización, incluso si en algún punto se genera un conflicto o la amistad decae o se termina. Pero también, además de la confianza, tiene que ser alguien que nos traiga algo positivo a nuestra experiencia travesti.

En algún momento de mi vida decidí revelar mi secreto a una de mis primas, porque nos queremos mucho y pensé que sería una buena idea. No lo tomó mal, pero lo único que me dijo fue que ella respetaba mis gustos, y que si no le hacía daño a nadie ella no tenía problema. De eso han pasado cinco años y nunca hemos vuelto a tocar el tema. Es como si no me hubiera animado a decírselo. En la otra cara de la moneda está mi mejor amiga. A ella también se lo confesé y tampoco lo tomó a mal, pero en lugar de no volver a hablar del asunto, ella participa activamente en mi travestismo. Me ha regalado prendas, a veces también nos prestamos e intercambiamos algunas, me trata como mujer todo el tiempo, con ella comparto fotografías de mis looks y me da consejos al respecto, me ha enseñado algunas técnicas de maquillaje y con su ayuda he aprendido a ser más femenina e incluso imaginamos historias juntas para hacer más llevadero el turno laboral.

Así sí que vale la pena contar nuestro más profundo secreto a alguien. Como ya dije antes, platicarlo con alguien suele aligerar la carga y nos quitamos ese estigma de que nadie nos comprenderá jamás y que estamos destinadas a la clandestinidad y a la soledad. Desde el momento en que decidí romper el secretismo, vivo más feliz y más plena. Aunque sigo tomando mis precauciones para que nadie indeseado se entere, ya que no deseo que todos los que me rodean lo sepan. Por eso comento que lo ideal, al menos en mi caso, es una salida parcial.

¡Saludos y gracias por leerme!

-Nadia

La opinión de una travesti acerca del lenguaje inclusivo

Creo que llego un poco tarde para abordar este tema, pero no había tenido la oportunidad de expresar mi opinión acerca del “lenguaje inclusivo”. Lo diré sin dilación ni rodeos: me parece innecesario. Somos todos o todas, pero no todes. Somos nosotros o nosotras, pero no nosotres. Somos amigos o amigas, pero no amigues.

Han pasado ya algunos días desde que una persona llamada Andra Escamilla revivió un debate que ya lleva algunos años asomándose por las redes sociales, y en el que incluso la RAE ha expresado su opinión en más de una ocasión. Aprovechando el nuevo auge generado a raíz del incidente en el que Andra solicita que se refieran a su persona como compañere, me he puesto a leer distintos comentarios que parecen dividir la opinión pública en dos.

El primer grupo, que apoya a Andra, sostiene que tiene todo el derecho a solicitar que se le llame como desea. También argumentan que todas las personas estamos en nuestra libertad de identificarnos con un género, con otro, con ambos, o con ninguno. El segundo bando parece enfocarse en el idioma y en las reglas lingüísticas, aduciendo que les parece una aberración que las personas de género “no-binario” se inventen pronombres y palabras que, al menos hasta hoy, no existen oficialmente en nuestro idioma.

Enfocaré mi argumentación en este segundo grupo de personas. Y debo decir que pocas veces en mi vida había visto tanta hipocresía. Hoy se presentan como arduos defensores de la letra, la gramática y la sintaxis, pero en sus escritos ponen “haber” cuando quieren decir “a ver”. Se comen letras, evitan el uso de la “q” y la “u” sustituyendo estas dos por “k”. Omiten el uso de signos de interrogación. Cuando una persona busca corregir su ortografía o gramática suelen responder con frases del tipo

-Bueno, pero me entendiste, ¿no?

Y se niegan a modificar lo que está mal escrito. Además de todo esto, usan anglicismos innecesarios, como gym, influencer, online, outfit, stalker, streaming, entre otros. Pero resulta que son protectores incansables del español.

Con los que están a favor de lo inclusivo coincido en que un lenguaje no es estático, sino que evoluciona a través del tiempo y de las generaciones. Nosotros hoy en día utilizamos palabras que en la época de nuestros padres o abuelos no existían. Es también un excelente argumento el que dice que la RAE no dicta las reglas del español. Más bien las agrupa, las ordena y las publica, pero somos los hispanohablantes quienes dotamos de sentido o de significado a un vocablo. La existencia del español es la que justifica y da sentido a la existencia de la RAE, no al revés. El idioma llegó al mundo antes que la Real Academia Española.

No me opongo a la invención ni uso de nuevas palabras. Yo en mi juventud (y todavía) usaba muchísimo las palabras “chido” y “chale”, por ejemplo. Aún utilizo “wey” para referirme a mis camaradas o para señalar a un desconocido. La diferencia es que yo no iba por la vida exigiendo a los que no gustaban de utilizar dichos términos que lo hicieran porque a mí me parecían apropiados para expresar mis ideas. Entre mis amigos o personas de mi rango de edad usábamos esas expresiones con regularidad y las entendíamos, pero sin ponernos a llorar cuando alguien no las utilizaba. Y esa sería mi recomendación para los autodenominados “no-binarios”.

Quieren expresarse utilizando palabras como todes, nosotres, amigues, elle, le…, ¡adelante! Ciertamente están en todo su derecho. Si se entienden entre ustedes y son capaces de expresar sus ideas de una manera clara y congruente, no veo cuál es la objeción. Pero no traten de imponer ese léxico a quienes no queremos adoptarlo. Y sean pacientes. Es probable que eventualmente, si se populariza el uso de ese vocabulario entre las generaciones más recientes, la RAE acabe por incluirlos como parte del glosario de los hispanohablantes, como ya ha hecho con algunas palabras que en su momento no eran reconocidas.

De toalla a minifalda. La imaginación al rescate

Aceptemos que no podemos vestirnos de mujer con la frecuencia que nos gustaría. No importa cuáles sean nuestras circunstancias: viviendo con nuestros padres, con nuestra pareja, solas; siendo estudiantes o trabajadoras; con hijos o sin ellos, siempre vamos a querer pasar un ratito más con esa estupenda vestimenta, pero llegará la hora de tener que quitárnosla. A veces será porque el tiempo de estar solas ha llegado a su fin y llegará alguien a hacernos compañía, o tal vez porque debemos salir a la calle para ir a la escuela, al trabajo, a comprar algo o simplemente de paseo.

En algunas otras ocasiones lo que se interpone en nuestro camino femenino es la imposibilidad de adquirir una prenda. Quizá la vimos navegando por Facebook, pero no está en venta o, si lo está, no podemos permitirnos obtenerla. O tal vez la vimos en un anuncio espectacular de una marca de perfumes. Puede ser que se trate de un personaje de anime o manga y nosotras no somos cosplayers. Varias pueden ser las razones. Y es aquí en donde entra en juego nuestra imaginación. Tal vez no podemos portar nuestra prenda favorita de mujer, pero nadie nos impide imaginar que la llevamos puesta.

Como siempre, las aburriré con una anécdota de cuando era pequeña. Estaba yo en la secundaria y mis dos papás trabajaban en esa época. Regresaban cada noche a la casa alrededor de las 21:30, así que yo tenía unas siete horas de soledad cada día, soledad que obviamente pasaba vistiéndome de mujer con cuanta prenda de mi mamá podía. Lo malo de este asunto era que la ropa era de un estilo muy aseñorado, y teniendo yo 14 años, lo que quería era vestirme como una adolescente sexy. Entre mis prendas favoritas están las minifaldas, pero lamentablemente no tenía acceso a ellas.

Una toalla fue lo que vino a rescatarme. Sí, una toalla de baño. Me la enrollaba alrededor de mi cintura y era eso lo que hacía las veces de minifalda. Lo mejor era que, doblando uno de los extremos, podía darle exactamente la altura que yo quería. A veces hasta la rodilla, pero casi siempre era un poco más atrevida y la subía hasta los muslos. No tenía vello en las piernas en ese entonces, por lo que se me veía (según yo) genial. Por las mismas razones, tampoco podía obtener ni conservar una peluca, pero una vil bolsa de plástico, de esas que hace no mucho tiempo daban en los supermercados para guardar los víveres, era la encargada de convertirse en mi cabello. Con unas tijeras cortaba algunas secciones, generando tiras y voilà, hermosa y larga cabellera.

También recuerdo con nostalgia que solía ir a la papelería y comprar una bola de unicel del número diez u once (eso no lo recuerdo con tanta claridad), y cortarla por la mitad. Luego cubría los extremos cortados con cinta canela para evitar que se desprendieran las bolitas de las que está formado dicho material. Colocaba estas dos mitades en un bra, me lo ponía y ¡listo! Boobies espectaculares.

Uno de mis outfits preferidos de aquellos años era el que utilizaba el personaje de Chun-Li en la saga de videojuegos Street Fighter. Ella utilizaba algo parecido a un kimono chino, pero abierto de ambos lados hasta la cintura. Siendo yo una estudiante sin ingresos propios, no tenía los medios para adquirir algo ni remotamente parecido a eso, y aun si hubiera podido comprarlo, no habría tenido lugar para ocultarlo. ¿La solución? De nuevo la toalla de baño… bueno, en esa ocasión fueron dos; una por enfrente y una por detrás, y así se creaba la abertura en el atuendo de la peleadora de Kung- Fu.

Maravillosas tardes viví en esa época, en donde le daba rienda suelta a mi imaginación para transformarme en la mujer que tuviera en mente en ese momento. Conforme fui creciendo y me independicé, pude adquirir muchas de las cosas que soñaba cuando era una adolescente y lograr que mi apariencia femenina fuera más sofisticada. Pero, de cualquier modo, las horas de diversión y placer femenino vividas hace más de 20 años nadie me las quita.

¿Ustedes qué utilizaban para sacar a su nena interior? Cuéntenmelo todo en los comentarios.

La vida oculta del travesti

Cuando era pequeña me sentía intrigada por la vida secreta que tienen algunos personajes de ficción: Bruce Wayne, Peter Parker, Clark Kent… y en general todos los superhéroes, quienes viven una doble existencia. Por un lado, ostentan una personalidad ante la sociedad, sus padres y sus amigos, pero al enfundarse en un traje que oculta sus identidades, se transforman por completo y adoptan habilidades que los convierten en personajes enteramente distintos.

En la adolescencia también comencé a aficionarme a las historias de espionaje del MundoReal™, y leía cómo los agentes de los distintos gobiernos del planeta vivían en países extranjeros haciéndose pasar por ciudadanos comunes, mientras que sus verdaderas intenciones los llevaban a realizar sus auténticas actividades en la clandestinidad, amparados por las sombras y el anonimato. Me gustaba el aura de misterio que parecía envolver a esos seres; solo permitiendo que sus semejantes supieran de ellos lo que querían que supieran y nada más. Aparentando siempre personalidades y orígenes variopintos e inventados.

Eventualmente comprendí que el feminófilo no está, en ese sentido, muy alejado del superhéroe o del espía. Nosotras también vivimos una doble vida, cuando ejercemos nuestro travestismo únicamente en la intimidad, sin que nadie o muy pocas personas lo sepan. Vamos a nuestras escuelas o nuestros trabajos como ese Peter Parker o ese Clark Kent, interpretando en el exterior un personaje que hemos fabricado para los demás, que encaja dentro de los límites impuestos por una sociedad que reprime la libre expresión de la sexualidad. Somos estudiantes, doctores, licenciados, policías, panaderos, ingenieros o mecánicos perfectamente normales* a los ojos de nuestros semejantes. Para ellos no hay nada especial en nosotros. Quizá incluso podrían tildarnos de insulsos y aburridos.

Pero, una vez que se dan las condiciones idóneas, cuando la casa se queda sola por unas horas o unos días, cuando la esposa se va de viaje o a desayunar con las amigas, cuando los hijos se quedan a dormir en casa de sus amigos, es como cuando al superhéroe le llega la noche y puede salir a combatir el crimen con esos súper poderes y con sus gadgets. Es en ese instante cuando las prendas femeninas salen de su escondite: ligueros, baby dolls, faldas, pelucas, pestañas postizas, zapatos de tacón, brassieres y accesorios se materializan de la nada, como si de un conjuro se tratara. El espejo se convierte en el mejor aliado y cómplice, pues es testigo silencioso del cambio, de la transformación. Unos minutos después el doctor, el ingeniero o el estudiante que nadie creería que es capaz de tener un secreto, está convertida en secretaria, estrella de Pop, quinceañera, novia, dama de honor o ama de casa.

¿Cuántas veces habremos tenido que inventar una excusa para no salir de viaje con nuestra familia y quedarnos a disfrutar nuestra soledad en casa para sacar a flote a esa mujer interior? O ¿cuál será el número de ocasiones en que tenemos que valernos de mentiras piadosas y decirle a nuestra pareja que no estaremos en casa el fin de semana, con el propósito de tener unos días libres y dejar salir a nuestra niña interna? ¿No somos acaso como el personaje de las películas que le dice a su mujer que trabaja vendiendo seguros, cuando en realidad es un agente de una institución gubernamental secreta dedicada al espionaje?

Tenemos que valernos de técnicas dignas del 007 para lograr existir en esa vida oculta, esa vida secreta de la que nadie o casi nadie conoce su existencia. De la que ninguna persona en nuestras escuelas o trabajos nos creería capaces de vivir. Sí, a veces nos vemos forzadas a habitar en las sombras, en la clandestinidad, encerradas en cuatro paredes y sin que el mundo conozca esa maravillosa dualidad que nos caracteriza, pero también tiene su encanto. ¿A poco no?

La travesura del primer día de clases.

Agosto 2012. Primer día de clases del tercer semestre de la Universidad.

6:00 am. Suena mi despertador e inmediatamente me levanto de la cama. Esto casi nunca sucede, suelo aplazar la alarma un par de veces antes de dejar la comodidad de mi colchón, pero ese día estaba emocionada. Me sentía particularmente femenina y quería que el mundo lo notara o, al menos, que se quedara con la duda. Fui al baño a darme una ducha a detalle y volví a mi habitación.

6:15 am. Entonces todavía vivía con mis padres y no tenía mucha libertad para poseer un guardarropa femenino considerable, pero me las había apañado para esconder unas pantimedias naturales, una blusita de tirantes negra con encaje que bordeaba la parte superior y un medio fondo negro de satín también con encaje, pero en la parte de abajo. Saqué las prendas de su escondite y me las coloqué. Me miré en el espejo que colgaba detrás de la puerta y aprobé el resultado. En mi mente tenía fijo el objetivo de acudir a la escuela aquél día vestida de mujer. Claro que esa habría sido la situación ideal, pero en el mundo real tenía que cubrir ese atuendo con mi aburrida ropa masculina, cosa que hice con desgano.

6:40 am. Después de desayunar, de nuevo me metí al baño y cepillé mis dientes. Mientras hacía dicha actividad, contemplaba mi rostro y sabía que algo me faltaba. Yo me estaba sintiendo muy mujer, como ya mencioné, y me molestaba la idea de que nada más yo lo supiera. Quería que alguien más me viera, quería asomarme al mundo como realmente soy. Las universitarias acudían a clase con sus mejores ropas y las técnicas de maquillaje más envidiables, para que todos pudieran apreciarlas. ¿Por qué no podía hacerlo yo?

6:50 am. Salí del baño y vi que mi mamá ya se había despertado y esperaba afuera su turno para entrar. Mi papá ya se había ido a trabajar, pues su hora de entrada era a las 6:00 am. Voltee a la habitación de mis padres. Estaba vacía. Yo sabía en dónde guardaba mi mamá su maquillaje y no dudé en abalanzarme por él. Mi ventana de tiempo no era muy holgada, así que tomé la primera sombra que encontré.

7:00 am. Cuando mi mamá salió del baño, pretexté un ligero malestar para entrar nuevamente. Aseguré la puerta y, frente al espejo apliqué la sombra sobre mis párpados. Observé el resultado desde diferentes ángulos y concluí que la cantidad era excesiva, y muy evidente, así que, con un dedo, traté de desvanecerla para que se notara menos. Volví a evaluar el resultado y esta vez quedé conforme. No quería que pasara desapercibida, pero tampoco que no cupiera lugar a dudas. Mi intención era que la gente se quedara con la duda de si llevaba o no maquillaje. Tiré de la palanca del inodoro vacío para no levantar sospechas, y salí. Me llevé la sombra conmigo, pues ya no hubo oportunidad de regresarla a su lugar.

7:10 am. Abordé el transporte público que me llevaría a la escuela. Nadie notó absolutamente nada raro en mí. No obtuve ninguna mirada curiosa. Solo la indiferencia típica de los desmañanados que se concentran en sus propios asuntos.

7:50 am. Llegué a la Universidad. Entré por el torniquete de acceso y pasé al lado de los guardias de seguridad. Ni una sola reacción.

7:53 am. Entré a mi salón y coloqué la mochila en un lugar vacío al lado de un compañero con el que me llevo bien. Él dejó en pausa su plática con otro amigo y volteó a saludarme. Él sí lo notó. Me doy cuenta de que su mirada inspecciona mi cara por más tiempo de lo normal y al final me pregunta en voz baja:

-¿Traes sombra?

Continuará.

Mi lista de vestidos icónicos

El otro día navegaba por los internets en busca de material visual para ilustrar algunos posts que tengo pensado escribir, y me encontré con una lista de los vestidos más icónicos de la historia, así que se me ocurrió hacer la lista de los que, para mí, son no solo los vestidos, sino los atuendos que más me han gustado en diferentes aspectos de la vida. Sin ningún orden en particular y sin ninguna explicación, aquí están.

Sin duda alguna sería todo un placer tener la oportunidad de portar cualquiera de estos atuendos. ¿Cuál agregarían? ¡Déjenmelo saber en los comentarios!

Mi primera salida.

Tradicionalmente me autodenomino como travesti de clóset. ¿Qué significa esto para mí? Que solo me visto de mujer en los confines de mi intimidad, rodeada y protegida por las cuatro paredes de mi habitáculo. La principal razón por la que esto sucede es debido a mi inseguridad ante “pasar” como una verdadera mujer ante los ojos de extraños. Mi estatura no me ayuda. Incluso para el promedio nacional de estatura masculina quedo grande. Por mucho que me arregle o por muy bien que me maquille, siento que destacaré entre la multitud y será obvio que soy un hombre vestido de mujer.

No me importaría salir si los murmullos de la gente, o las risas, o los señalamientos y miradas indiscretas se quedaran solo en eso, pero viviendo en un país latinoamericano tercermundista y de mentalidad tradicionalmente conservadora y santurrona, temo convertirme en blanco de agresiones físicas, y lo que menos quiero es aparecer en un noticiario amarillista de Facebook como “el travesti agredido en el centro de la ciudad”.

Sin embargo, sí que me he animado tímidamente a salir de mi guarida en algunas ocasiones. Siempre amparada bajo el cobijo de la oscuridad. ¿Por qué me cruza la mente el pensamiento de abandonar la seguridad de mi casa y adentrarme en el peligro potencial? Simplemente porque a veces me gusta mucho cómo me arreglo, y siento que es una injusticia poética el tomarse el tiempo para ataviarse con un atuendo digno de una cena de gala en la alta sociedad tan solo para quedarse a mirar la televisión o leer un libro. Así que espero a que no haya mucha gente en la calle y salgo a dar unos cuantos pasos.

Nunca me alejo más de diez metros a la redonda, pero es excitante escuchar el resonar de mis tacones en la calle e imaginar que, dentro de la casa de alguno de mis vecinos, escuchan el clac clac y asumen que una mujer es quien va caminando por allí. A la menor señal de presencia humana, regreso corriendo a mi casa con una taquicardia y la adrenalina a tope, pero invariablemente con una sonrisa en el rostro. Esas experiencias suelen ser las comunes, las que me he atrevido a disfrutar más a menudo, pero hay dos en las que sí me he animado a ir más allá. La que hoy les contaré es la primera de ellas, que estuvo motivada por mi exnovia, aquella que sabía de mi feminofilia y la disfrutaba junto conmigo. Una tarde en la que ella saldría de trabajar a eso de las siete, me mandó un mensaje diciendo más o menos lo siguiente:

-Ya voy para allá, Nadia. Espero encontrarte muy linda y arreglada, tal como una esposa debe recibir a su pareja cuando llega de trabajar.

Ese mensaje me colocó a mil, cuando ese día yo ni siquiera tenía la intención de transformarme en mi álter ego femenino, pero en ese momento puse manos a la obra para recibirla como se merecía, porque me fascinó su idea. Me esforcé como nunca en el maquillaje y, si me equivocaba en algún detalle, desmaquillaba esa zona y lo corregía. Me coloqué pestañas y uñas postizas; arreglé mi peluca hasta dejarla casi como nueva y experimenté con una manera diferente de peinarla. Estrené unas medias que tenían meses guardadas, limpié los tacones y planché un vestido.

Un par de horas después, yo esperaba su llegada sentada en el sillón de la sala, impaciente y emocionada. Cuando por fin escuché el sonido característico de las llaves abriendo la puerta, instintivamente me puse de pie y me quedé inmóvil. Ella entró y al verme lo primero que hizo fue inspeccionar mi aspecto. Yo estaba totalmente quieta, recibiendo con agrado la inspección. Al final sonrió y dijo:


-Excelente, Nadia. Te ves preciosa. Así es como una ama de casa debe recibir a su mujer después de un largo y cansado día de trabajo.

Ella traía un atuendo nada femenino, propio de su trabajo en la industria: playera de algodón, pantalón de mezclilla y zapatos de seguridad. Su indumentaria era más bien masculina. Le serví de comer y, al terminar me dijo que me veía demasiado bien como para nada más quedarnos en la casa encerradas. Saldríamos a pasear. No era una petición, era una orden. Yo me puse muy nerviosa, pero al mismo tiempo emocionada ante la perspectiva de ser vista fuera de mi enclaustramiento. Subió a la habitación a arreglarse y quedó muy hermosa. Ese aspecto un poco hombruno dio paso a una imagen completamente femenina y hermosa. Eran ya cerca de las diez y media de la noche y dos princesas se disponían a salir de paseo.

Ella abrió el portón de la casa y sacó el auto de la cochera. Una vez estuvo afuera, me pidió salir y me abrió la puerta para dejar que me sentara en el asiento del copiloto. ¡Vaya! Yo era la mujer en esta cita y me lo estaba haciendo notar. Condujo cerca de veinte minutos. En cada semáforo que nos deteníamos, yo me congelaba viendo hacia el frente, tratando de evitar que los autos que se acomodaban a nuestro lado se percataran de mi verdadera identidad. Poco a poco me relajé al darme cuenta que nadie nos ponía atención. Éramos solo un automóvil más en el tráfico nocturno.

Llegamos a la plaza comercial y detuvo el coche en un lugar apartado de los demás en el estacionamiento. Me preguntó si estaba lista para bajar y entrar a la plaza a dar una vuelta, pero la verdad es que mi miedo era muy grande y no me animé a hacerlo. Nos limitamos solo a caminar por el oscuro aparcamiento y nos tomamos un par de fotografías con el fin de documentar el momento para la posteridad. Unos minutos después íbamos de regreso hacia mi casa, pero con la satisfacción de saber que Nadia había asomado la cabeza al mundo exterior y había dicho

¡Hola! Aquí estoy.

La feminofilia en la era del Internet

Vivimos en una época realmente afortunada, en la que tenemos acceso a cualquier información con tan solo dar un click. Por otro lado, la feminofilia es un gusto que, estoy segura, ha acompañado al hombre (o a la mujer, depende) desde tiempos muy pretéritos, quizá incluso estuvo presente desde el momento mismo en que la civilización comenzó a definir los roles sociales para el hombre y la mujer.

Habiendo nacido en la década de los 80 alcancé todavía a formar parte de una generación que tenía que acudir a las bibliotecas para buscar cualquier tipo de conocimiento y, durante los primeros años de mi existencia, viví privada de saber que mis sentimientos y ganas por ataviarme como una mujer eran compartidos por muchos otros hombres alrededor del mundo, así que veía a mi travestismo como un castigo, como una abominación, y no comprendía las razones y motivos que me llevaban a emprender aquella actividad.

En el seno familiar, así como en la escuela y en la religión, se me educaba para comportarme como un “hombrecito”, y cuando alguna conducta exhibida era apreciada como femenina, se reprendia y castigada, buscando corregirla y eliminarla, así que yo me sentía fuera de lugar y no tenía acceso a ningún registro escrito que me hablara del travestismo y me ayudara a sentirme parte de una colectividad. Cuando la era digital me alcanzó, fui rescatada de un destino que seguramente tenía mucho sufrimiento reservado para mí debido a mi afición por sentirme y vestirme como una mujer.

¿Pueden imaginar los sentimientos de soledad, confusión e incluso demencia que deben haber padecido nuestras hermanas femonófilas de antaño, cuando el tema era aún más desconocido y había menos acceso a la información? Hoy podemos escudarnos tras el anonimato digital y platicar con otras chicas como nosotras; intercambiar vivencias, dar y recibir consejos, convivir, aunque sea de manera remota, con personas que saben cómo nos sentimos y que no nos juzgan. Hoy estamos seguras de que no estamos solas, de que la feminofilia es más común de lo que antes se creía, hay una mayor apertura de mente y una mayor comprensión. Aunque no nos confiemos, falta todavía mucho camino por recorrer para eliminar los tabúes y los estereotipos de género.

Imaginar que alguna feminófila de épocas pasadas vivió la totalidad de su vida creyendo que su preferencia por las ropas y las actitudes femeninas la hacía ser una enferma mental y merecedora del infierno, sin posibilidad de compartir su gran secreto con nadie, me da escalofríos, pero también me hace valorar más el período que me tocó vivir, esa transición y este mayor acceso a la información y al conocimiento, que me ayudó a conocer e informarme sobre el tema y entender que no soy un fenómeno ni un error de la naturaleza.

Este acceso es una herramienta invaluable y que, sin exagerar, puede salvar muchísimas vidas y ayudar a mejorar otras tantas.

Repito, vivimos en una época realmente afortunada.