Para las musas desconocidas

Imagino que hablo por muchas de nosotras cuando digo que a veces vamos caminando por la calle tranquilamente, ya sea solas o acompañadas por alguien, pero sin sentir muy presente nuestro lado femenino, cuando vemos pasar a nuestro lado, o en la acera de enfrente, o dando la vuelta en la esquina, o en el súper, o en la oficina, a una mujer que logra captar nuestra atención e inevitablemente atrae hacia ella nuestra mirada.

Esto podría parecer, para el ojo inexperto, como un comportamiento netamente masculino y primitivo, en el que el espécimen del varón identifica una hembra que le parece un excelente ejemplar para el apareamiento. Sin embargo, nosotras las feminófilas sabemos que no se trata (nada más) de eso. Lo que acaba de llamar nuestra atención, más que la mujer en sí misma, es el atuendo que porta. Esa hermosa falda amarilla de tul; aquella blusa de tirantes con estampado floral; unas fabulosas sandalias rosas de tacón; unas indescriptibles pantimedias ahumadas a juego con una minifalda tableada; un pantalón negro ajustado de vinil con una playera blanca que deja entrever un bra… infinitas opciones y combinaciones que nos llevan a imaginarnos vestidas con esas prendas.

Son ellas las musas anónimas a quienes rinde tributo este post, las que nos inspiran a crear e intentar looks distintos a los que estamos acostumbradas, las que nos muestran las últimas tendencias de la moda y hacen que nos den ganas de ir de compras para adquirir esa prenda que les vimos usar y nos fascinó. Y ¿por qué no? Llegar a nuestra casa y vestirnos en la intimidad y privacidad de nuestras habitaciones e imaginar que somos ella, caminando libremente por la calle y generando miradas de envidia de otras mujeres, y de asombro por parte de los hombres.

Están también esas otras musas del cine, la televisión o las redes sociales, que no son tan anónimas como las anteriores, pues conocemos sus nombres y un poco de sus vidas también, y que causan en nosotros el mismo efecto de imaginar y desear ser ellas, aunque sea por unos minutos. Actrices, modelos, cantantes, youtubers, atletas, bailarinas y un largo etcétera, que con sus personajes y actuaciones nos sumergen en un mundo de fantasía y hacen que imaginemos ser Wonder Woman, o Bella, o Ariana Grande, o la Power Ranger rosa. Un enorme agradecimiento a cada una de ellas, pues al estimular nuestra imaginación y nuestras ganas de ser más femeninas, nos llevan a mejorar y refinar cada vez más nuestros rituales de transformación para acercarnos, aunque de manera asintótica, a su feminidad, delicadeza y belleza.

Cómo convivir con mi pareja que se viste de mujer.

Antes que nada, no importa si fue tu pareja quien decidió contarte su feminofilia o si tú lo encontraste en flagrancia ataviado con las ropas femeninas de su elección. Lo que importa es que decidiste escuchar sus razones y estás intentando comprender y convivir con este gusto de tu novio o esposo. Eso demuestra el amor que le tienes y las ganas de que su relación funcione. ¡Felicidades!

Lo primero que recomiendo es establecer acuerdos. Ninguna de las partes debe sentirse sometida a la voluntad de la otra; ni el feminófilo debe abusar de la disposición de su esposa o novia y comenzar a transformarse cuando le venga en gana, ni la pareja de este debe limitar excesivamente las sesiones de vestirse y relegarlas, por ejemplo, a diez minutos cada dos meses.

En un post anterior mencioné que el hecho de aceptar la feminofilia de tu pareja no implica que a partir de ese momento tendrás una novia o esposa en lugar de un novio o un esposo. No se trata de eso, sino de alcanzar un balance, un punto en el que tú como mujer sigas teniendo al hombre del que te enamoraste y que escogiste como pareja, y en el que él pueda seguir alimentando esa feminidad ocasional que le permite ser esa persona de la que te enamoraste, sin que alguno sienta que está sacrificando algún aspecto crucial de su vida.

En algún momento tendrás también que enfrentarte a la decisión de si quieres o no convivir con ese lado feminófilo de tu par. Si decides aceptarlo, pero no involucrarte, es algo completamente válido y respetable. Solo considera que habrá que destinar un lapso, previamente convenido, para que tu compañero pase tiempo a solas satisfaciendo esa necesidad por ataviarse con atuendos femeninos, y si ya es parte de un trato, no deberían existir de tu parte enojos, molestias ni reclamos al saber que no está contigo porque se está travistiendo, ni tampoco buscar excusas para que se quede contigo en lugar de aprovechar esos lapsos acordados.

Si, por el contrario, no tienes ningún problema en verlo así vestido y convivir con él de esa manera, toma en cuenta que cuando esté transformado, lo conveniente será tratarlo y referirte a él como mujer. Ya será también decisión mutua si se permiten besos o el trato de pareja mientras él se encuentre en su rol de chica, o se limitarán a tratarse como amigas.

A manera de experiencia personal, comentaré lo que viví con una pareja a quien le conté y aceptó mi feminofilia. Dejando de lado cómo fue el proceso de contarle qué fue lo que nos ayudó a la aceptación por su parte, porque eso será tema de otro post, contaré cómo logramos compaginar mi afición por las prendas femeninas con nuestra relación amorosa. Comenzamos estableciendo que solo tenía permitido transformarme en Nadia durante los fines de semana, y también acordando que no habría secretos al respecto de mi travestismo: nada de vestirme a escondidas si me daban ganas entre semana. Si tal cosa ocurría, mi compromiso era decírselo y veríamos cómo llegábamos a un acuerdo especial al respecto. En la misma línea, tampoco era forzoso que me vistiera llegado el fin de semana. Si no me apetecía hacerlo, no estaba obligada.

Ella estuvo de acuerdo en convivir con Nadia desde que se enteró de su existencia. Sin embargo, es necesario comentar que pasó un par de meses entre el día que le confesé mi secreto y la fecha cuando por fin se animó a verme vestida, y ese lapso lo pasamos informándonos y preparándonos para el evento. Llegado el día, no hubo sorpresas, ni traumas, ni reclamos. Nervios sí, muchos, de parte de ambas, pero conforme avanzaba el tiempo cada una nos íbamos sintiendo más cómodas. Las primeras veces nos limitamos a ser amigas, nada de hacer cosas de pareja mientras yo estaba transformada. Eventualmente comprendió que yo era la misma persona de la que ella se había enamorado, y que lo único diferente eran las prendas que me cubrían; esas ropas no modificaban mi esencia, y fue así como comenzamos a tratarnos de igual manera mientras yo estaba vestida que cuando no lo estaba.

Fue muy importante para nosotras respetar los tiempos establecidos para comportarme como hombre y también para hacerlo como mujer pues, como ya mencioné antes, era necesario hacerle saber y sentir que ella aún tenía a su novio, que no se había transformado de repente en una novia. Claro que dichos tiempos no eran inflexibles, pero lo más vital era la comunicación y la confianza.

Si están en una situación similar, les aconsejo que lo hablen y lo platiquen con toda la honestidad, y estoy segura que encontrarán una solución que resulte beneficiosa para ambos.

Consejos para evitar ser descubierta.

Tener una doble vida es inherente a la feminofilia. Con el tiempo, y a la mala, se van aprendiendo algunos trucos que facilitan el que la identidad femenina permanezca oculta para quienes no deseamos revelarles nuestro secreto.

Cuando yo era (más) joven, me habría encantado que alguien compartiera conmigo sus experiencias, de manera que pudiese ahorrarme malos momentos, malentendidos y disgustos relacionados con mi afición por vestirme de mujer. Es por eso que este post tiene la finalidad de ayudar a quien lo lea a estar más preparada y evitar ser descubierta.

Conserva la menor cantidad posible de ropa femenina. Sí, sé que este punto puede sonar desagradable, pues la feminofilia es la afición por vestirse y actuar como mujer, y qué mejor que hacerlo con nuestras propias prendas. Sin embargo, el consejo es especialmente útil si vives con tus padres, con roommates o con cualquier otra persona con quien compartas un domicilio. Entiendo que encontraste un vestido maravilloso y deseas comprarlo, o que te enamoraste de esa preciosa peluca de cabello castaño, largo y ondulado, o que unos zapatos rosas que hagan juego con tu blusa son un must-have, pero ve con calma y antes de adquirir algo nuevo, visualiza en dónde lo vas a esconder.

No dejes rastros de tu feminidad al descubierto. Este consejo está enfocado a aquellas chicas que pueden darse el lujo de vivir solas, el cual es mi caso. Cuando me independicé y caí en la cuenta de que podía decorar mi casa como me viniera en gana, mi lado femenino quiso desbocarse y darse a la tarea de adquirir cuanta cosa y detalle encontrara en el camino y que destilara feminidad. ¡Mala idea! Aunque vivas sola, ten presente que eventualmente recibirás visitas. Pueden ser familiares, amigos, compañeros de trabajo, tu pareja (si aplica) y entonces tendrás dos opciones: esconder todo de manera apresurada cuando eso suceda, o tener lista una excusa que explique la existencia de tales objetos en tu casa. Lo mejor, creo yo, es tener tan solo un par de detalles que le den ese toque femenino a tu hogar, pero sin exagerar.

Ten cuidado con las compras en línea. Sí, estoy consciente que adquirir cosas vía web, refugiada tras el anonimato de una pantalla, es un paraíso para nosotras, pues así no debemos aguantar la pícara mirada de los vendedores en un almacén cuando finges que lo que estás comprando es para tu novia, o tu hermana, o tu prima. Pero sé muy cuidadosa cuando llegue el momento de darle clic al botón de comprar. Si utilizas sitios como Mercado Libre o Amazon, crea una cuenta especial para tu lado de mujer. No mezcles esas compras con las cotidianas que haces en tu día a día, ya que el historial de compras (al menos en Mercado Libre) no se borra hasta después de un año. Por otro lado, trata de tener una tarjeta de débito especial para lo que le compres a tu lado de mujer, ya que no querrás que un estado de cuenta con compras en Ilusión, Fiorentina o Victoria’s Secret caiga en las manos equivocadas.

Utiliza el modo privado de tu navegador de internet. Este consejo va de la mano con el anterior. El modo privado permite que no quede evidencia escrita de tu historial de búsqueda, ni de sitios visitados, ni de datos ingresados a los portales de internet. No está por demás recomendar que crees una cuenta de correo electrónico solo para usarla en tu lado femenino.

Utiliza tus redes sociales de mujer en un dispositivo separado. Este consejo es un poco más complicado de seguir, ya que un celular, una tableta o una laptop no son especialmente baratos. Sin embargo, es una inversión que puede salvarte de muchos malos ratos. Facebook, Instagram, WhatsApp y lo que tu lado de niña quiera utilizar podrán ser usados con completa libertad y sin peligro de que alguien descubra esos perfiles por accidente. Si no te es posible dedicar un dispositivo tan solo a esta personalidad femenina y te ves forzada a compartirlo con tu lado masculino, elige no compartir los contactos con estos perfiles, porque entonces les aparecerá tu perfil como sugerencia de amistad. Asegúrate de desactivar las notificaciones y de cerrar las sesiones cuando estés con alguien que pueda acceder a tu dispositivo. No querrás prestarlo a alguien para que ponga música en Spotify y que en ese momento te llegue una notificación que te delate.

Trata de no poner tu rostro como foto de perfil. Sí, sí. Entiendo que estás orgullosa de tu maquillaje, que te encantó cómo se ve esa peluca nueva, que esos aretes te hacen ver más femenina y quieres poner esa foto como perfil en todas tus redes sociales. Podrás hacerlo, pero sé paciente. Yo te sugiero que, si acabas de crear una cuenta, no vayas inmediatamente a poner tu cara como imagen de perfil. ¿Por qué? Porque si tienes algún dato compartido con tus perfiles de hombre, los algoritmos encargados de las sugerencias de amistad pueden jugar en tu contra y mostrar ese perfil a tus conocidos. Si eso sucede y tienes una imagen que no muestra tu rostro, no habrá problema y te limitarás a bloquear a ese contacto para que no pueda encontrarte. Después de un par de meses que las sugerencias de amistad hayan cesado y que hayas bloqueado a todos los que no quieres que vean ese perfil, entonces sí que podrás poner esa hermosa foto de tu increíble maquillaje.

Esos son los consejos que se me ocurren de momento, y además creo que este post ya se hizo muy largo y no es mi intención aburrirlas. Si se te ocurre algún otro tip de seguridad, no dudes en compartirlo en los comentarios.

Mi ritual de transformación

Anteriormente he escrito acerca de la diferencia entre solo “vestirme”, y lo que llamo “transformarme”, pero en esta ocasión deseo compartir con ustedes la descripción de ese ritual de transformación, que a veces resulta mucho más placentero que el resultado final.

Lo primero que hago es deshacerme de vello. Comienzo por rasurarme la cara y para ello utilizo un rastrillo de mujer. Es fundamental que toda la experiencia sea lo más femenina posible. Al terminar, aplico un gel que reduce la irritación.

Luego viene lo más complicado, que es la remoción del vello que crece en el pecho, el abdomen, las piernas, las pompis, los pies y las axilas. Esto es lo que me toma más tiempo porque, dependiendo del lapso existente entre una rasurada y otra, hay que comenzar recortando los vellos con tijeras para dejarlos lo más pequeños posible, y luego ya pasar al rastrillo. Sé que más de una argumentará que existen otros métodos, como la cera fría, la cera caliente o las cremas depilatorias, pero para mí el rasurado es la elección. De igual manera que para con el rostro, utilizo también un rastrillo de mujer para este propósito.

Una vez que el vello ha sido eliminado, es momento de depilar mis cejas, y para esto me valgo de unas pincitas con el fin de retirar los pelitos que crecen entre mis cejas y los que se salen de la forma natural de las mismas.

A continuación, el baño. Con agua caliente para que se abran los poros. En este paso el champú, el jabón y el estropajo son también lo más femeninos posibles, ya que es relevante para mí que el aroma que desprenda al salir de la ducha sea un aroma característicamente de mujer. Antes de cerrar la regadera, una rápida aplicación de agua fría para cerrar los poros y ayudar a reducir la irritación del rasurado corporal. De nueva cuenta una aplicación del gel para después de afeitar al terminar el baño.

Una vez afeitada y bañada (y ya seca), me coloco la toalla en la cabeza como si tuviera el cabello largo, y me envuelvo en una bata de satín floreada color azul, mientras me dirijo a la parte de la casa en donde se encuentra mi guardarropa femenino. Abro el cajón de la ropa interior y escojo unas panties y un bra. A continuación, mi momento favorito llega: el de escoger blusa y falda. No es que tenga miles de opciones, pero sí las suficientes para tardarme diez o quince minutos para decidir qué usaré, quizás después de probarme dos o tres combinaciones.

Ya que estoy ataviada con el atuendo de mi elección, viene la hora del maquillaje. Tengo que reconocer que no soy muy diestra en la aplicación del mismo, pero disfruto muchísimo el proceso de hacerlo. Comienzo siempre poniéndome un corrector anaranjado en la zona donde me sale el bigote y la barba, que se extiende hasta la parte superior del cuello. Luego viene un corrector blanco para las ojeras, y este también lo aplico en mis párpados móviles. Por último, me aplico un corrector verde para los granitos y manchitas rojas. Una vez que todos los correctores están difuminados, utilizo la base en todo el rostro. Termino esto con una capa ligera de polvo compacto translúcido.

Sigue la sombra. Generalmente aplico tres tonos: uno medio para el párpado móvil, uno claro para la zona cercana al lagrimal, y uno oscuro para la parte externa. Ya que me he maquillado los párpados, viene lo que más problemas me causa, que es la colocación de las pestañas postizas. Usualmente me quedo satisfecha (o resignada) al segundo o tercer intento. Ya que están puestas, me valgo de rímel y un enchinador para fundirlas con las mías y que no se note la división. Finalizo el maquillaje con el lápiz labial e, invariablemente, me mando un beso a mí misma en el espejo al terminar.

Lo que sigue es el esmalte de unas. Elijo un color que vaya de acuerdo a mi blusa y pinto las de los pies y las de las manos. El tiempo que tardan en secar lo ocupo leyendo alguna revista de mujeres, como Cosmopolitan, Vogue o Vanidades.

Una vez que secó el esmalte de uñas, me pongo unas pantimedias naturales y los zapatos de tacón. Después me coloco alguna gargantilla y pulseras o anillos. Saco las pelucas de su escondite y elijo el look y el color que más me agrade en ese momento. Tomo dicha peluca, la arreglo con un cepillo y me la pongo. Vuelvo a cepillarla y, como último paso me cuelgo de mis orejas unos aretes de clip.

La transformación está completa y soy, al fin, Nadia Mónica Martínez S.

La culpa de travestirse

De acuerdo con mi terapeuta, la culpa no es un sentimiento innato, es decir, no nacemos con ella programada en nuestro abanico de emociones. Es algo que se aprende de la sociedad y el entorno que nos rodean. Su propósito: mostrar que estamos arrepentidos y que entendemos que lo que hicimos no estuvo “bien”, de acuerdo al código de conducta establecido por dicha sociedad.

Como he comentado en ocasiones anteriores, mi feminofilia comenzó desde una edad muy temprana. Recuerdo que en aquellos días solía pedirle a mi madre que me vistiera con un atuendo de mi bautismo que se asemejaba a un vestido. Yo lo hacía con toda la inocencia y sin culpa alguna, pues no sabía que era “malo” pero, con el tiempo aprendí que no “debía” sentir atracción por las prendas femeninas y comenzó la culpa por este gusto.

Eso me llevó, como creo que a muchas de nosotras, a refugiarme en la clandestinidad. A aprovechar los exiguos minutos a solas para vestirme con las escasas prendas que podía esconder en los rincones más variopintos de mi habitación. Al terminar de “vestirme” estaba tan excitada que inevitablemente venía la masturbación e inmediatamente después me invadía la mayor culpa y vergüenza de todas, que me llevaba a despojarme de esas prendas a toda velocidad, para después tirarlas y jurar que nunca lo haría de nuevo.

Pero ¡adivinen qué! De manera invariable, recaía. A veces unos días después, a veces incluso sólo unas horas después, y el ciclo se repetía. Yo hacía planes cada vez más sofisticados para no volver a vestirme de mujer. Me autoimponía castigos y sanciones con el fin de evitar hacerlo, pero nada funcionaba. Antes y durante el proceso de travestirme me sentía muy bien; motivada, emocionada, feliz. Pero, después, me sentía sucia, avergonzada e, incluso, pecadora, debido a mi educación bajo la religión católica tradicional.

Querida amiga feminófila: si tú estás en esta situación, quiero decirte que esta etapa es completamente normal y es parte del proceso de autoaceptación. La feminofilia o el travestismo heterosexual no es una enfermedad ni algo por lo que deberías sentirte avergonzada. Forma parte integral de quién eres y no puedes separarlo de ti. Es algo de lo que te hace ser tú. Aprende a aceptarte primero tú, si deseas que eventualmente los demás te acepten. Debes saber de antemano que, no importa cuánto arrepentimiento o culpa sientas luego de vestirte de mujer, es una sensación que siempre regresará. Te lo digo por experiencia.

Puedes tratar con todas tus fuerzas de alejar ese sentimiento de ti. Puedes prometerte dejarlo. Probablemente lo intentarás con toda la voluntad el día en que tengas novia o conozcas a una mujer con quien quieras compartir tu vida. Es muy probable que lo logres contener durante un tiempo; unas semanas, unos meses o, en el mejor de los casos, unos años. Pero déjame decirte, también por experiencia, que tarde o temprano las ganas por vestirte volverán, y con más intensidad entre más trates de reprimirlas.

Mi recomendación: acéptalo. ¡Vive tu travestismo sin culpas y disfrútalo! Que definitivamente te traerá muy buenas experiencias.

Control Z: Una serie que aborda la transexualidad

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Hoy vi el primer episodio de Control Z en Netflix. Confieso que no tenía idea ni de la existencia ni de la temática de la serie hasta que Zion Moreno, a quien sigo en instagram, la mencionó hoy en una de sus historias. Soy una fiel seguidora de Moreno, y no porque yo me considere transexual, sino porque sí que siento una gran empatía por ellas y admiro su valentía. Pues aquí estaba yo, sola en casa, con palomitas y recostada en mi sillón reclinable lista para sintonizar el estreno más reciente de Netflix en México. Acabé de ver el episodio de apertura de la serie y debo decir que, si bien no es el hilo negro y tampoco hablamos de actuaciones dignas de un Emmy, el programa cumple la función de entretener si la tarde de sábado se estaba convirtiendo en algo aburrido.

La trama me parece, a priori, semejante a lo que en su momento fue Pretty Little Liars: estudiantes de preparatoria de economías privilegiadas son contactados por una identidad anónima a través de mensajes de texto, y este personaje desconocido amenaza con revelar misterios que afectarán las vidas de los protagonistas. El primer secreto que se publica es (¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS VISTO EL PRIMER EPISODIO, DEJA DE LEER EN ESTE PUNTO) la transexualidad del personaje de Zion Moreno (quien en la vida real también es una mujer transexual), de nombre Isabela de la Fuente. Lo que quiero resaltar de este primer episodio es que me parece muy acertado que en una plataforma tan importante en México como es Netflix, se trate este tema. No me queda duda de que en las próximas semanas habrá un halo de hype rodeando a esta serie, y eso me parece muy bueno, porque pondrá el tema trans en boca de la audiencia y el debate alrededor de un tema tan crítico siempre es bien recibido.

Al ver el primer capítulo, me pareció que la serie logra retratar una de las problemáticas más grandes a las que se enfrentan no solo las trans, sino cualquier persona que presente alguna disforia de género, y quiero incluir a la feminofilia en este grupo a manera de generalización. Cuando el círculo de amigos del novio de Isabela se entera de su condición, lo primero que hacen es realizarle preguntas inapropiadas a manera de burla, tacharla de “puto” y hacer ademanes de asco. El novio, que conocía de antemano su situación pero quería mantenerla en secreto por temor justamente a las burlas de su grupo social, finge no saberlo cuando el secreto sale a la luz, diciendo que se siente traicionado por Isabela.

El punto que quiero expresar es que últimamente se habla mucho de tolerancia, de mentalidades abiertas, de que la sociedad está migrando hacia una actitud más respetuosa en temas de homosexualidad, transexualidad, feminismo, aborto y, en general, de derechos de ciertos nichos poblacionales; a mí me parece que todo eso sigue siendo una utopía. En este episodio no pude evitar sentirme identificada con el personaje interpretado por Zion,  ya que, si yo decidiera salir de mi clóset, diciendo a todos que me gusta transformarme en mujer durante algunos episodios, pero que conservo mi gusto físico y sexual por las féminas, también sería tachado de “puto”, incluso por personas a quienes en este momento considero amigos y amigas, y eventualmente muchos y muchas acabarían dándome la espalda y alejándose de mí. Otros quizás seguirían dándome su apoyo, pero a escondidas, para evitar ser juzgados por mantener una amistad con un “rarito”, con un “maricón”.

Bravo por Control Z y bravo también por Netflix. Aplaudo el acierto de mostrar esa realidad, que dista mucho de la idea de tolerancia que nos quieren vender. Y es que creo que todo se resume a que todos somos tolerantes cuando escuchamos que alguien abortó, o que alguien se unió en matrimonio igualitario con su pareja del mismo sexo, y aplaudimos la apertura de la sociedad… pero únicamente cuando esas noticias provienen de protagonistas distantes; en el momento en que sucede algo similar en nuestro círculo íntimo, es cuando volteamos la espalda o, en el mejor de los casos fingimos estar de acuerdo de una manera completa, pero hablando pestes a las espaldas de esa o esas personas. Por supuesto que no todas los casos son así pero, de nuevo, solo estoy generalizando y describiendo la big picture.

En fin, a seguir viendo qué es lo que sucede en el Colegio Nacional.

La feminofilia y el feminismo

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Hace algunos años leí un post en algún blog (juro que estoy tratando de recordar en cuál para poner el link) que hablaba sobre un tema parecido a este. ¿Qué tanto las feminófilas “traicionamos” los principios del feminismo? Es una pregunta que tiene respuestas complicadas, a mi parecer. Nunca me ha gustado generalizar, porque toda situación es diferente y cada feminófila tiene su historia y sus motivaciones, pero en estos casos es conveniente hacerlo.

Los hombres que gustamos de vestirnos con prendas femeninas tenemos una imagen de la mujer que las feministas tratan de cambiar. Nosotras imitamos a un estereotipo de mujer. Tenemos una idea preconcebida de cómo ser femeninas. Nuestros atuendos, por regla general, incluyen faldas, tacones y vestidos; las que podemos hacerlo, optamos por depilarnos las piernas y las axilas; disfrutamos de realizar las labores del hogar, argumentando que de esa manera nos sentimos “más femeninas”. Compramos muñecas para decorar nuestras habitaciones, adquirimos prendas de color rosa, porque es “de mujer”; fantaseamos con ser secretarias, sirvientas, u otras labores que requieran cierta “esclavización”, porque de esa manera nos sentimos “dominadas”, implicando que así es como una mujer debe ser: subyugada.

De manera inconsciente, declaramos que una mujer debe maquillarse, tener el cabello largo, las uñas pintadas y arregladas, y que su remuneración debe provenir de empleos que no plantean grandes retos intelectuales. Aquéllas que son bisexuales u homosexuales incluso se ven a sí mismas como la clásica esposa de épocas pasadas: en la casa, atendiendo a la familia y esperando la llegada del marido para atenderlo también. Se imaginan cocinando, barriendo, limpiando y teniendo todo listo para el señor esposo. Incluso he visto publicaciones en algunas redes sociales de chicas travestis preguntando si algún hombre está interesado en regalarles tacones o prendas a cambio de sexo, estipulando también una dependencia económica.

Frecuentemente declaramos que nos vestimos de mujer porque las admiramos tanto que queremos ser como ellas. Creo que esas actitudes no son de admiración. Qué distinto sería si nos imagináramos como ingenieras, científicas, si soñáramos que somos mujeres empoderadas, libres, que no necesitan maquillarse para ser mujeres, ni parejas que les regalen cosas. Eso, eso sí sería un tributo a las mujeres que tanto “admiramos”.

Se los dejo para que reflexionen. Los travestis/feminófilos estamos colaborando ampliamente a perpetuar la imagen de la mujer oprimida, un estereotipo que no le ha hecho ningún bien a nuestra especie. Sé que es inevitable, pues lo que nos atrae es precisamente la idea de las prendas, las pelucas, los tacones, el maquillaje. Solo las invito a tomar medidas para contrarrestar estas acciones. Cuando estén de hombres, traten bien y cuiden a sus mujeres. Déjenlas ser libres, desarrollar todo su potencial. Seamos empáticas con el género que tanto deseamos imitar.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 4.

El trayecto a casa no era muy largo; treinta minutos en auto separaban ambos hogares. Mamá intentó conversar con Rodrigo durante ese lapso pero, al no obtener nada más que monosílabos como respuesta, decidió dejar morir la conversación. En cambio, pidió a papá que hicieran una parada en el centro comercial para abastecerse de víveres que hacían falta en el hogar. Después de aparcar el automóvil en el estacionamiento de la plaza comercial, papá pidió a Rodrigo que acompañara a mamá mientras él esperaba en el auto, de esa manera las compras serían más rápidas.

-Hijo -dijo mamá-, trae un carrito de súper para poner las cosas que vayamos comprando. No tengo una lista, pero compraremos lo indispensable.

Al adentrarse en la tienda, fueron bombardeados por carteles que anunciaban grandes descuentos en los departamentos de electrónica, papelería, línea blanca y ropa. Tras examinarlos superficialmente, mamá decidió darse una vuelta por el departamento de ropa para damas y ver si había algo que valiera la pena. Rodrigo, todavía malhumorado y confundido, siguió a mamá. Una vez llegaron al departamento de Damas, lo primero que Rodrigo vio fue una vasta colección de faldas escolares en oferta, dada la proximidad del regreso a clases. Había de cuatro colores: blancas, negras, azules y cafés. Cafés, como la de Valeria. Ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos, era el precio de cada una. Por primera vez en su vida, Rodrigo pudo ponerle precio a un sueño; ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos costaba su felicidad en aquel momento.

Mamá revisó algunas prendas de manera superficial pero decidió no adquirir nada y darse prisa con las compras, debido a que papá esperaba en el auto. Salieron de la tienda con un par de bolsas y las pusieron en el maletero; abordaron el auto y pusieron rumbo a casa. Rodrigo parecía estar ya de mejor humor, pero mostraba cierta impaciencia por llegar.

-¿Todo bien, hijo? -Preguntó papá mirándolo por el espejo retrovisor y notando la impaciencia del pequeño-.

-Sí, papá -respondió éste con voz temblorosa y evitando mirar a su padre-. Es solo que me han dado ganas de ir al baño, es todo.

-Podrías haber aprovechado e ir a los sanitarios del centro comercial.

-Ya. Pero es que no he tenido ganas entonces.

-Aguanta -intervino mamá, falta solo un poco para llegar. Mientras tanto, trata de no pensar en líquidos.

-¡Mamá! -Protestó Rodrigo-.

Ni bien se había detenido el auto al llegar a casa, Rodrigo abrió la puerta y descendió del vehículo vigorosamente. Pulgoso se asomó por la ventana moviendo su cola de manera frenética, ladrando y arañando el vidrio en señal de reclamo por haberlo abandonado tantas horas. Mamá se acercó llaves en mano mientras papá bajaba del maletero las bolsas de las compras. Una vez la puerta estuvo abierta, Rodrigo subió corriendo las escaleras, ignorando las advertencias de mamá, y se encerró en el baño. Allí dentro, se quitó deprisa el pantalón y la sudadera, quedando al descubierto un bulto bajo su playera. Al despojarse también de esta, cayó al suelo la prenda mágica que representaba para el supermercado una pérdida de ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos.

La diferencia entre vestirme y transformarme.

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Hoy me han dado ganas de vestirme de mujer.

Nada raro, ¿verdad? Considerando mi feminofilia. Sin embargo, un hecho que ya me había sucedido en innumerables ocasiones, y que había pasado inadvertido en todas ellas, hoy llamó mi atención: no quise esforzarme demasiado; la actividad de esta tarde estuvo lejos de las transformaciones a fondo que suelo hacer cuando Nadia viene a visitarme. Me limité a ponerme una blusa lisa (sin siquiera utilizar un brassiere o bralette), un par de pantalones holgados sobre unos undies de mujer, y unos zapatos sin tacón. Nada de lencería súper elegante, ningún vestido sofisticado, maquillaje o peluca fue añadido a mi atuendo. ¡Ah! También es necesario recalcar que me he dejado crecer la barba desde hace un par de meses, y no quise afeitármela tampoco.

¿Qué es lo que sucede? ¿Acaso estoy perdiendo las ganas de dejar salir a mi mujer interior? ¿Poco a poco me estoy “curando” de mi travestismo? Mmmm no, no lo creo (y quiero dejar bien claro que ser travesti no es ninguna enfermedad que requiera una cura). Simplemente creo que he identificado dos diferentes ramas en este árbol que me lleva a vestirme de mujer.

La primera de ellas es la transformación como tal. Este ritual es el que a todas nos fascina, y a veces es incluso más disfrutable el proceso que el resultado en sí mismo. La transformación es completa, es total. En mi caso, comienza afeitándome la barba al ras, metiéndome a la ducha y rasurando todo mi cuerpo, para lo cual incluso utilizo un rastrillo de mujer… todo tiene que ser femenino en este proceso; continúo depilando mi entreceja y dando forma a mis cejas, retirando todos los vellos que estén fuera de la forma natural que tienen. Luego, viene la elección de la ropa interior, cosa que es complicada dada la cantidad de opciones de las que dispongo. Una vez que he escogido algo, toca tomar la decisión del atuendo: ¿blusa lisa o estampada? ¿Vestido, falda o pantalón? ¿Pantimedias negras, naturales o decoradas? ¿Zapatos de tacón o de piso? ¿Abiertos o cerrados? Cuando ha terminado este difícil proceso, viene mi parte favorita, que es el maquillaje. Debo reconocer que soy pésima maquillándome, pero eso no quita el hecho de que disfruto enormemente hacerlo. Me gusta también ponerme pestañas y uñas postizas, cuando tengo el tiempo de hacerlo. Finalmente, la peluca. Después de que estoy totalmente transformada, viene el irrefrenable deseo de tomarme muchas fotos. Una vez satisfecha con las imágenes, y después de pasar un rato haciendo actividades cotidianas vestida de esa forma, comienza el proceso inverso, para regresar a mi faceta masculina.

La otra rama la llamo simplemente “vestirme”. No es una transformación, pues no estoy haciendo todos los pasos descritos en el punto anterior. Es simplemente lo que hice hoy: tomar una blusa, un pantalón, unos zapatos y listo. Mi necesidad de vestirme de mujer está cubierta. Me siento a gusto también así. Algunas veces el vestirme responde simplemente a la falta de tiempo para hacer la transformación completa, pero otras veces es únicamente que es lo que necesito. No siempre requiero de pestañas, uñas, maquillaje y peluca para sentirme femenina, y es algo que también disfruto demasiado.

A ustedes ¿les ocurre algo similar? ¿O solo a mí? ¡Comenten!

¿Soy compradora compulsiva de ropa femenina?

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Uff, ¡cuánto tiempo sin escribir nada! Pero ya estoy de regreso para plasmar mis sentimientos en estas líneas. Ya les había contado antes que mi feminofilia ataca por episodios; es muy intensa durante algunas semanas, y puede desaparecer por meses enteros… pues durante estos días acabo de salir precisamente de uno de esos episodios de sequía femenina en los que las ganas de vestirme y sentirme mujer fueron prácticamente nulas durante un lapso aproximado de dos meses.

¡Dos meses! Creo que mi lado femenino nunca me había abandonado durante tanto tiempo. Fue tan prolongada la ausencia de Nadia Mónica, que incluso me dejé crecer la barba ¡y hasta adquirí una cantidad considerable de ropa de hombre! ¿Por qué me sorprende esto? Por que nunca me ha gustado comprar prendas para mi guardarropa masculino. No sé si a todas les pase, pero a mí, adquirir camisas, zapatos, pantalones, suéteres, trajes, cinturones, o cualquier otro componente de la indumentaria propia de varón, me parece una pésima manera de gastar mi dinero.

Esta historia viene a colación debido a que, durante la ausencia de mi lado de mujer, al consumir digamos $1,000 en ropa de hombre, sentía que estaba gastando mucho, y pensaba dos veces al momento de pagar; o si había escogido tres prendas,al final quería dejar una, pues tenía la sensación de estar excediéndome en mis gastos. Sin embargo, ahora que mi lado de mujer ha regresado (y presiento que este episodio será muy intenso después de tanto tiempo), ya adquirí más prendas de chica, y en un par de días he gastado más dinero en ellas que lo que he gastado comprando ropa de hombre en seis meses.

¿Soy compradora compulsiva? No lo creo, pues las personas con este padecimiento experimentan remordimiento después de haber comprado, cosa que a mí no me sucede, lo que termina agravando más el problema, pues al no sentir pena alguna podría seguir comprando hasta límites preocupantes. Afortunadamente me encuentro en un momento en el que mi poder adquisitivo me permite solventar estos gastos, pero no quiero que esta situación llegue a representar un problema en el futuro (o en el presente, pues mi novia ya me ha llamado la atención a consecuencia de este inconveniente). Necesito un freno financiero de manera urgente. Trabajaré en una estrategia para remediar esta complicación y, si dicho plan tiene éxito, les estaré platicando los resultados.

¿Alguna vez les ha pasado algo similar?