Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

En ese punto me encontraba ya: me había puesto una falda y mi novia lo sabía y lo aceptaba. Sin embargo, no se creía por completo la versión de que era la primera vez que lo hacía. Una serie de errores e inconsistencias en mi fábula me delataron, hasta que, cansada de que yo modificara mi historia para hacerla coincidir con los hechos, me instó a que le contara toda la verdad, asegurándome y garantizándome que, fuera cual fuere, no iba a abandonarme. Así fue que un día la cité en mi casa dispuesta a contarle toda la verdad. Le platiqué que lo hacía desde muy pequeña, que pedía a mi mamá que me vistiera con mi ropón de bautismo, que me ponía un vestido enorme que una de mis tías tenía y jugaba a ser un ángel, que mis papás me descubrieron vestida, la confusión y la desesperación que sentía al creer que yo debía ser homosexual, pero no me sentía atraída por hombres. Le conté todo, no dejé nada en el tintero.

Debo decir que el libro “El travestista y su esposa” de Virginia Charles-Prince, resultó de vital importancia en la aceptación por su parte, aunque también es preciso mencionar que dicha aceptación no se dio por arte de magia ni fue de un día para otro. Nos llevó un par de meses. Tiempo después, ella me confesaría que, cuando no estaba conmigo, lloraba de frustración y se preguntaba por qué tenía que estar viviendo esa situación, por qué no podía tener un novio “normal”. Sin duda fueron meses difíciles para ella, pero al final logró entender mi situación al 100%.

Semanas después, accedió a verme transformada, para lo cual fuimos de nuevo a mi casa y me vestí con las mejores prendas que tenía en ese momento. Aún no contaba con una peluca, y mis habilidades para maquillarme eran incluso más pobres que en la actualidad, así que el resultado no fue muy bueno, pero nos pasamos una tarde muy a gusto y ella vio en mí un lienzo en blanco para practicar nuevos estilos de maquillaje y combinaciones de atuendos. A partir de ese día, ella comenzó a ayudarme en mis transformaciones y a compartir conmigo consejos para aplicarme sombras, rímel, pestañas postizas y demás parafernalia. Nadia se convirtió en una parte muy importante de nuestras vidas.

Cuando llegó el día de mi cumpleaños, me regaló un precioso vestido verde. Yo no me lo podía creer. Para mí, estar viviendo esa experiencia era un sueño hecho realidad. Muchos años los pasé en las sombras, en la oscuridad, en la clandestinidad, confinada en mi habitación, aprovechando las noches para vestirme por unos minutos y ahora, estaba a plena luz, compartiendo mi verdadero yo con el amor de mi vida. Fue una época maravillosa, por la que siempre le estaré eternamente agradecida. No sé si leas esto, pero por si acaso, quiero que sepas que me hiciste tremendamente feliz.

Fue con su ayuda que escogí el nombre que actualmente ostento: Nadia Mónica. Íbamos de compras juntas a las tiendas de ropa o zapatos, y salíamos con varias prendas para cada una. Opinábamos sobre looks, atuendos, combinaciones. Criticábamos o alabábamos a las chicas que veíamos en la calle. Comentábamos cosas como

– ¡Wow! ¿Viste su falda? ¡Está padrísima!

– Mira, ¡esos tacones son increíbles! Necesitamos unos así.

Nunca, ni en mis más alocadas fantasías, imaginé que podría encontrar a una mujer que me aceptara completamente como soy. Y no solo eso, sino que disfrutara ese lado mío, que me alentara a transformarme cuando llevaba un tiempo sin hacerlo, que fuera mi amiga, mi novia, mi aliada en mi feminidad y que comprendiera mi dualidad. Ella supo entender que, lo que me hacía ser el hombre del que se enamoró, esa justamente ese lado femenino tan desarrollado. Supo que las características de mi personalidad que le llamaron la atención como hombre, venían dadas por la mujer que también está en mí. Comprendió que no podía tener al uno sin la otra, y en lugar de intentar separar esos lados, los unió, para que yo estuviera más feliz y pudiera brindarle aún más felicidad de regreso. Supo invertir en mi feminidad para aprovechar mi masculinidad. En mi opinión, una jugada muy inteligente.

Fue también con su ayuda que me decidí a abrir este blog, en un intento por brindar nuestra ayuda y asesoría a parejas que se encontraran en una situación similar y no supieran qué hacer, y servir como un ejemplo de que se puede vivir una vida completamente normal con un feminófilo. Que nuestra condición no es una limitante. Que no somos “menos hombres” que los no-feminófilos. Que el hecho de tener una pareja a la que le guste vestirse de mujer, no implica que dejarás de tener un novio y tendrás una novia en su lugar.

Por azares del destino, y por errores y malas decisiones mías, esa relación llegó a su fin, y no en muy buenos términos. Pero debo confesar que, al día de hoy, ella es el amor de mi vida. Nadie me ha hecho tan feliz como ella lo hizo y sigo extrañándola. No nada más por su aceptación, sino por muchas cosas más. Si yo pudiera hacerme con una máquina del tiempo, sin duda viajaría al pasado y evitaría tomar la mala decisión que me llevó al rompimiento.

El mensaje final que quiero transmitir con esta serie es que no es imposible encontrar a alguien que te acepte y te ame con todo lo que eres. Claro que no es fácil, pero no es imposible. Hay esperanza. Yo lo viví y te puedo decir que es increíble y que vale cada minuto de espera por la persona ideal. ¡Solo sé paciente! Escoge el momento oportuno para hablarlo con tu pareja y haz un plan para contarle tu secreto. No escondas nada, no digas mentiras. Ábrete y deja que te vea en tu totalidad. No te mentiré, existe la posibilidad de que las cosas no salgan bien, pero también está la opción de vivir la mejor etapa de tu vida. Arriésgate, pero planéalo. No solo te avientes al vacío.

Aprovecho estas últimas líneas de esta serie de posts para decirle a esa exnovia gracias. Tú me mostraste lo bello de la vida y yo, al final, acabé lastimándote. Pero quiero que sepas que, sin importar lo que hayan podido decirte de mí, el tiempo que estuvimos juntos fui totalmente sincero contigo. Nunca fingí ser alguien que no soy. Tú me has conocido como nadie más lo ha hecho. Perdón por las heridas y gracias por todo lo hermoso que me dejaste vivir a tu lado. Siempre te recordaré como lo más bonito que me ha pasado en la vida. Sé feliz y cuídate mucho.

-R.

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Tercera y penúltima entrega sobre mi salida del clóset.

En este punto no había más qué hacer. Ya había ensayado lo suficiente y era la hora de dar el concierto. Y fue con cierto… miedo, que me atreví a dar el paso y confesarle a mi pareja de ese entonces mi gusto por transformarme en mujer. No obstante, no fui lo suficientemente valiente para decírselo en persona. Tomé mi teléfono y le mandé un mensaje de texto (sí, mensaje de texto, porque nos teníamos registradas para mensajes gratis. Así de vieja soy) tratando de hacer una especie de reductio ad absurdum, preguntando algo como:

– Me amas, ¿cierto?

– Sí, por supuesto que te amo.

– Y no me dejarías de amar si me vistiera de forma estrafalaria, ¿correcto?

– ¿Cómo estrafalaria?

– Ajá, si me gustara utilizar, por ejemplo, pantalones holgados o camisas excesivamente coloridas.

– Pues eso no me importaría. Te amo por cómo eres y cómo me tratas, no por cómo te guste vestirte.

Era a ese lugar adonde quería dirigir la conversación. Esa última frase proveyó la plataforma sobre la cual construí mis argumentos. Claro que, al inicio, y con afán de suavizar lo más posible la situación, dije una mentirilla; en lugar de decirle directamente que me gusta vestirme de mujer, le comenté que apenas sentía la curiosidad de hacerlo. Ella sabía de antemano mi atracción por las prendas de mujer, ya que, cuando paseábamos por el centro o alguna plaza comercial, yo le señalaba ropa o zapatos que, a mi parecer, a ella le gustarían o le lucirían bien. Le había platicado también que me atraía la suavidad de las telas como el raso o el satín, y que envidiaba la amplia gama de colores, texturas y formas de la ropa femenina.

Cuando le dije que sentía esa curiosidad por ataviarme con vestuarios femíneos, comenté que llevaba algunos meses pensando en cómo se sentiría usar una falda, debido a que, me gustaban tanto, que quería experimentar dicha sensación. Esa noche dejamos el tema hasta ese punto y nos fuimos a dormir. Los días subsecuentes transcurrieron de manera normal, hasta aproximadamente una semana después, cuando ella trajo el tema a nuestra conversación. Me dijo que estuvo pensando en lo que platicamos, y que yo estaba en lo correcto al asumir que ella me seguiría amando sin importar la ropa que me gustara usar, pero que, sin embargo, se le hacía raro que yo tuviera ganas de ponerme una falda. Sencillamente no le encontraba explicación. Luego me dijo:

– Lo siguiente solo lo preguntaré una vez. Lo que me digas, creeré en ti.

– Adelante, pregúntame.

– ¿Te has vestido de mujer antes?

– No. Jamás.

Sentí en mi interior una decepción inmensa por no atreverme a decirle la verdad: que llevaba haciéndolo desde muy pequeña. Pero decidí continuar con la falacia, impulsada por el miedo a perderla. A continuación, me dijo que estaba dispuesta a acompañarme y ayudarme a escoger la falda con la que, supuestamente, me ataviaría femeninamente por primera vez. Ese mismo día fuimos a una tienda de ropa llamada Vertiche, que ya habíamos visitado con anterioridad y en la que sabíamos que había ropa que nos agradaba. Después de algunos minutos de buscar nerviosamente en los estantes y aparadores, escogimos una falda negra de lápiz parecida a la mostrada bajo este párrafo. La adquirí y nos retiramos del lugar. De camino hacia el transporte público (en donde teníamos que separarnos, ya que vivíamos en lugares geográficamente lejanos) me preguntó si quería comprar alguna blusa para combinarla, a lo que respondí que no. Abordó el camión hacia su casa, y yo hice lo propio.

Ilustración de la falda que mi novia me acompañó a comprar.

Al llegar a nuestros respectivos destinos, le comenté que esperaría a que mis papás se durmieran para proceder a cumplir el susodicho capricho de vestirme con la falda. Así lo hice, y le envié un mensaje cuando al fin la tuve puesta. Ella respondió que, a pesar de lo que pensaba que sucedería, no se sentía incómoda con la situación, ni siquiera imaginándome con la falda puesta (recuerdo especialmente ese mensaje, porque le hice una captura de pantalla, con el fin de preservarlo para la posteridad). Eso me tranquilizó bastante, pues sabía que era una puerta importante hacia la aceptación por su parte.

Pero sí, es verdad, quedaba pendiente el asunto de confesarle TODA la verdad.

Eso lo contaré en el siguiente post.

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

Curriculum vitae de un travesti.

Nombre: Nadia Mónica Martínez S.Me

Condición: Travesti.

Preferencia sexual: Heterosexual.

Edad: 31 años.

Experiencia en el puesto: Más de 25 años.

Sexo: A veces masculino, a veces femenino.

Habilidades:

  • Guardar ropa de mujer y maquillaje sin que mis papás lo encuentren.
  • Utilizar atuendos femeninos bajo mi ropa de hombre y pasar desapercibida.
  • Depilar mi cuerpo con cera fría.
  • Caminar con tacones.
  • Abrocharme el brassiere por detrás.
  • Asegurar las medias al liguero.
  • Meterme a tiendas de lencería soportando las miradas incómodas de las vendedoras y de otras clientas.
  • No perder las ganas de sentirme mujer después de masturbarme.

Conocimientos:

  • Cuento con amplia experiencia en vestirme de mujer a escondidas, pues lo he hecho desde que tengo uso de razón.
  • Sé combinar colores, formas y texturas.
  • Tengo conocimientos básicos de maquillaje.
  • Puedo aplicarme rímel sin picarme los ojos.

Pasatiempos:

  • Vestirme de mujer.
  • Escribir en este blog.
  • Tomarme fotos en poses sexys cuando estoy transformada.
  • Ayudar a otras travestis en su proceso de autodescubrimiento.

Oportunidades de mejora:

  • Feminizar mi voz.
  • Manejar dispositivos electrónicos con uñas postizas.
  • Deshacerme definitivamente del vello corporal.

Metas:

  • Vestirme de novia.
  • Vestirme de sirvienta.
  • Transformarme en presencia de mi mejor amiga.
  • Salir a la calle transformada en mujer.
  • Tener un negocio rentable basado en este gusto por vestirme de mujer.

Favoritos:

  • Artista femenina: Ariana Grande.
  • Princesa Disney: Belle.
  • Prenda de vestir: Falda.
  • Color: Azul.
  • Actriz: Emma Watson.
  • Serie: Pretty Little Liars, Reign.
  • Sueño imposible: Estar embarazada.
  • Película: Una nueva amiga.
  • Súper heroína: Wonder Woman.
  • Libros: La Selección – Kiera Cass. Adictas a los Zapatos – Beth Harbison.

 

Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Antes de entrar a la universidad, conocí a un individuo en una escuela de inglés y nos hicimos buenos amigos. Él me presentó a más gente y solíamos pasar las tardes tocando guitarra en el centro de la ciudad donde vivo. Él tenía novia, y con ella también comencé a llevarme muy bien. Con el tiempo, me hice más amigo de la chica que del chico, pero eventualmente la vida nos llevó por rumbos diferentes. Cuando yo ya estaba en la carrera, ellos dos tuvieron un bebé, se casaron y nunca volví a verlos en persona, pero la chica y yo manteníamos comunicación esporádica por Facebook. Un buen día, armada de valor tras el refugio de la pantalla de mi computadora, le conté mi secreto. Así, tal cual. Escribí en el chat de la red social “Ale, me gusta vestirme de mujer”, cerré los ojos y presioné enter.

Muerta de miedo, abrí los ojos lentamente para leer su respuesta y, contrario a todos los miedos que habitaban en mi pensamiento, su reacción fue muy favorable. Al principio creyó que estaba bromeando, pero le expliqué que no era un juego. Le conté que era algo que hacía desde muy pequeña, que no me gustaban los hombres, que me fascinaba que me llamaran con adjetivos y pronombres femeninos, y a partir de ese momento, sin que yo se lo pidiera, comenzó a tratarme como una más de sus amigas. Me animé a enviarle solicitud desde mi cuenta de Nadia y vio mis fotos. Sus comentarios fueron positivos y nunca sufrí ninguna clase de burla ni ofensas por su parte. Lo único que le pedí fue que no se lo comentara a su novio, que el secreto quedara entre nosotras nada más. El primer paso estaba dado y, hasta el momento, el balance era positivo. Ya tenía un dedito del pie afuera del clóset.

El siguiente paso era contarle a alguien de mi familia. Esto me daba un poco más de miedo porque el rumor podría correr como pólvora y las consecuencias podrían ser catastróficas. Sin embargo, había una persona en la que confiaba mucho: una de mis primas. Por razones de privacidad, mantendré su verdadero nombre en secreto, pero llamémosla Cecilia. Entre Ceci y yo existe una diferencia de edad importante, pero eso nunca fue impedimento para que nos lleváramos de maravilla; incluso nos consideramos hermanos, pues la convivencia con ella y con sus verdaderos hermanos y hermanas fue muy cercana en nuestra niñez.

De igual manera, dándome valor desde la distancia, le conté por Messenger acerca de mi travestismo. Su reacción no fue tan positiva como la de mi amiga, pero tampoco fue de rechazo, sino de sorpresa y hasta un asomo de preocupación. Me preguntó lo esperado, que si me gustaban los hombres, que si alguna vez había tenido alguna experiencia homosexual, que desde cuándo lo hacía, que si me gustaría cambiar definitivamente mi género y vivir como mujer a tiempo completo, que si mis padres lo sabían… entre otras cosas. Nuestra conversación duró entre dos y tres horas y, cuando nos despedimos, me expresó su apoyo y su cariño, pero no su comprensión. Se llevó muchas dudas.

En esa época (estamos hablando del 2015 más o menos) mi prima y yo hablábamos muy seguido por Whatsapp. Si bien no todos los días, sí al menos cuatro veces por semana. A partir de mi confesión, tratamos de seguir haciendo lo mismo y de la manera más natural posible, pero se notaba un atisbo de tensión, de incomodidad. Algunas semanas después, retomamos la cuestión a petición suya, y me dijo que había estado buscando información en la red acerca del tema, pero que lo que había encontrado le resultaba confuso. En algunas fuentes se decía que la gran mayoría de los travestis son (somos) hombres heterosexuales y sin deseos de vivir plenamente como mujeres, pero en otras encontró testimonios de transexuales que pasaron mucho tiempo de sus vidas solo como travestis, por no atreverse a dar el paso definitivo, hasta que un día lo hicieron.

Me preguntó de nuevo cuál era mi situación y me pidió que le contestara con total honestidad, diciéndome que, independientemente de lo que yo le contestara, ella iba a ser mi aliada y mi apoyo, y que no me dejaría sola. Una vez que volví a explicarle que yo estoy contento con mi condición de hombre, que no siento atracción por ellos y que no me interesa convertirme en mujer, sus palabras fueron las siguientes:

“¡Qué bien! ¡Ahora además de un hermano, tengo en ti a otra hermana!”

Esa frase hizo que me brotaran lágrimas de felicidad, pues ¡me había atrevido a confesar un secreto que había estado guardado por al menos dos décadas a dos personas que eran importantes para mí, y ninguna de las dos me había rechazado! Parecía ser que mis miedos y temores estaban infundados. ¿Era ya la hora de contarle a mi novia la verdad? Estén pendientes de la tercera parte de este post.

¡Gracias por leerme!

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

El momento de confesarle a alguien un gusto culpable o del que, por alguna razón, nos avergonzamos, es algo que por instinto tratamos de evitar. Con mayor razón si ese gusto se trata de utilizar prendas del género femenino, maquillaje, zapatos de tacón, pelucas y demás parafernalia relacionada al travestismo o feminofilia. Es por ello que, a través de platicarles mi experiencia, busco arrojar un poco de luz acerca de cómo hacerlo, si es que ya lo han meditado y concluido que contarle a alguien esta afición es lo más conveniente para ustedes.

Ya he comentado que mi gusto por lo femenino lo descubrí desde una edad muy temprana, y también que mis papás me descubrieron en flagrancia en algunas ocasiones alrededor de los 10 u 11 años de edad, y en otras, si bien no me encontraban ataviada con faldita o vestido, sí que encontraban los precarios escondites de ropa de mujer en mi habitación, exigiendo explicaciones inmediatas. Eso me sirvió para ser más cuidadosa en mi andar travesti a partir de mi adolescencia.

Como hombre, soy completamente heterosexual, o sea que siento atracción física y sexual exclusivamente por las mujeres, y a partir de la secundaria comencé a tener algunas novias. En paralelo yo vivía una etapa de autodescubrimiento y aceptación, poco a poco iba entendiendo que había más hombres como yo y eso me dio más confianza y seguridad. Ninguna de estas parejas supo ni sospechó nunca de mi condición de feminofilia.

Ya durante veintes, mis papás pensaban que mis episodios de vestirme de mujer habían quedado en el pasado como simples fantasías infantiles, así que yo vivía una doble vida en ese momento más que en cualquier otro; tenía una personalidad ante la sociedad, pero era una muy diferente en los momentos en los que me quedaba a solas. Así fue pasando el tiempo, que alternaba entre comprar unas pocas prendas, usarlas por unos meses y luego desecharlas por la imposibilidad de guardarlas en un escondite seguro y permanente.

Eventualmente entré a la universidad y ahí conocí a la chica que, al día de hoy, es el amor de mi vida (aunque, desafortunadamente, ya no seguimos juntas). Fue sin duda la relación más seria, formal, duradera y bonita que he tenido hasta el momento. Para este punto, yo llevaba ya bastantes años vistiéndome de mujer en la intimidad y había aceptado por completo esta dualidad, que sabía (creía yo) manejar con maestría, pero comenzaba a sentir el gusanito de querer “salir del clóset”, pues ya me había aburrido de disfrutar en soledad de esta experiencia femenina, y tener que relegarme a las sombras y la clandestinidad.

Después de más o menos tres años de relación, comencé a plantearme seriamente la posibilidad de confesarle mi travestismo, debido a que ya habíamos tenido pláticas de casarnos, formar una familia y compartir juntos nuestra existencia. Ella merecía saber exactamente con quién estaba, quién era aquel hombre con quien tenía planeado comprometerse ante las leyes humanas y espirituales. Sin embargo, yo era presa fácil del pánico que, estoy segura, hemos sentido todas a la hora de plantearnos decirle a nuestra pareja esto que nos gusta hacer, del miedo a que reaccionara mal, que no comprendiera y decidiera dejarme para siempre.

Así que comencé a experimentar. Pensé ¿qué es lo que hace un deportista o un músico antes de una competencia o un concierto? Entrenar. Ensayar. No llega el atleta a la pista y comienza a correr despavorido buscando llegar a la meta sin antes hacer estiramientos, calentar, hacer algunos sprints, medir sus tiempos. Entonces eso hice yo; decidí contar mi secreto primeramente a un par de amigas y a una de mis primas y ver su reacción. De esto les platicaré en la segunda parte de este post.

Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

Para las musas desconocidas

Imagino que hablo por muchas de nosotras cuando digo que a veces vamos caminando por la calle tranquilamente, ya sea solas o acompañadas por alguien, pero sin sentir muy presente nuestro lado femenino, cuando vemos pasar a nuestro lado, o en la acera de enfrente, o dando la vuelta en la esquina, o en el súper, o en la oficina, a una mujer que logra captar nuestra atención e inevitablemente atrae hacia ella nuestra mirada.

Esto podría parecer, para el ojo inexperto, como un comportamiento netamente masculino y primitivo, en el que el espécimen del varón identifica una hembra que le parece un excelente ejemplar para el apareamiento. Sin embargo, nosotras las feminófilas sabemos que no se trata (nada más) de eso. Lo que acaba de llamar nuestra atención, más que la mujer en sí misma, es el atuendo que porta. Esa hermosa falda amarilla de tul; aquella blusa de tirantes con estampado floral; unas fabulosas sandalias rosas de tacón; unas indescriptibles pantimedias ahumadas a juego con una minifalda tableada; un pantalón negro ajustado de vinil con una playera blanca que deja entrever un bra… infinitas opciones y combinaciones que nos llevan a imaginarnos vestidas con esas prendas.

Son ellas las musas anónimas a quienes rinde tributo este post, las que nos inspiran a crear e intentar looks distintos a los que estamos acostumbradas, las que nos muestran las últimas tendencias de la moda y hacen que nos den ganas de ir de compras para adquirir esa prenda que les vimos usar y nos fascinó. Y ¿por qué no? Llegar a nuestra casa y vestirnos en la intimidad y privacidad de nuestras habitaciones e imaginar que somos ella, caminando libremente por la calle y generando miradas de envidia de otras mujeres, y de asombro por parte de los hombres.

Están también esas otras musas del cine, la televisión o las redes sociales, que no son tan anónimas como las anteriores, pues conocemos sus nombres y un poco de sus vidas también, y que causan en nosotros el mismo efecto de imaginar y desear ser ellas, aunque sea por unos minutos. Actrices, modelos, cantantes, youtubers, atletas, bailarinas y un largo etcétera, que con sus personajes y actuaciones nos sumergen en un mundo de fantasía y hacen que imaginemos ser Wonder Woman, o Bella, o Ariana Grande, o la Power Ranger rosa. Un enorme agradecimiento a cada una de ellas, pues al estimular nuestra imaginación y nuestras ganas de ser más femeninas, nos llevan a mejorar y refinar cada vez más nuestros rituales de transformación para acercarnos, aunque de manera asintótica, a su feminidad, delicadeza y belleza.

Cómo convivir con mi pareja que se viste de mujer.

Antes que nada, no importa si fue tu pareja quien decidió contarte su feminofilia o si tú lo encontraste en flagrancia ataviado con las ropas femeninas de su elección. Lo que importa es que decidiste escuchar sus razones y estás intentando comprender y convivir con este gusto de tu novio o esposo. Eso demuestra el amor que le tienes y las ganas de que su relación funcione. ¡Felicidades!

Lo primero que recomiendo es establecer acuerdos. Ninguna de las partes debe sentirse sometida a la voluntad de la otra; ni el feminófilo debe abusar de la disposición de su esposa o novia y comenzar a transformarse cuando le venga en gana, ni la pareja de este debe limitar excesivamente las sesiones de vestirse y relegarlas, por ejemplo, a diez minutos cada dos meses.

En un post anterior mencioné que el hecho de aceptar la feminofilia de tu pareja no implica que a partir de ese momento tendrás una novia o esposa en lugar de un novio o un esposo. No se trata de eso, sino de alcanzar un balance, un punto en el que tú como mujer sigas teniendo al hombre del que te enamoraste y que escogiste como pareja, y en el que él pueda seguir alimentando esa feminidad ocasional que le permite ser esa persona de la que te enamoraste, sin que alguno sienta que está sacrificando algún aspecto crucial de su vida.

En algún momento tendrás también que enfrentarte a la decisión de si quieres o no convivir con ese lado feminófilo de tu par. Si decides aceptarlo, pero no involucrarte, es algo completamente válido y respetable. Solo considera que habrá que destinar un lapso, previamente convenido, para que tu compañero pase tiempo a solas satisfaciendo esa necesidad por ataviarse con atuendos femeninos, y si ya es parte de un trato, no deberían existir de tu parte enojos, molestias ni reclamos al saber que no está contigo porque se está travistiendo, ni tampoco buscar excusas para que se quede contigo en lugar de aprovechar esos lapsos acordados.

Si, por el contrario, no tienes ningún problema en verlo así vestido y convivir con él de esa manera, toma en cuenta que cuando esté transformado, lo conveniente será tratarlo y referirte a él como mujer. Ya será también decisión mutua si se permiten besos o el trato de pareja mientras él se encuentre en su rol de chica, o se limitarán a tratarse como amigas.

A manera de experiencia personal, comentaré lo que viví con una pareja a quien le conté y aceptó mi feminofilia. Dejando de lado cómo fue el proceso de contarle qué fue lo que nos ayudó a la aceptación por su parte, porque eso será tema de otro post, contaré cómo logramos compaginar mi afición por las prendas femeninas con nuestra relación amorosa. Comenzamos estableciendo que solo tenía permitido transformarme en Nadia durante los fines de semana, y también acordando que no habría secretos al respecto de mi travestismo: nada de vestirme a escondidas si me daban ganas entre semana. Si tal cosa ocurría, mi compromiso era decírselo y veríamos cómo llegábamos a un acuerdo especial al respecto. En la misma línea, tampoco era forzoso que me vistiera llegado el fin de semana. Si no me apetecía hacerlo, no estaba obligada.

Ella estuvo de acuerdo en convivir con Nadia desde que se enteró de su existencia. Sin embargo, es necesario comentar que pasó un par de meses entre el día que le confesé mi secreto y la fecha cuando por fin se animó a verme vestida, y ese lapso lo pasamos informándonos y preparándonos para el evento. Llegado el día, no hubo sorpresas, ni traumas, ni reclamos. Nervios sí, muchos, de parte de ambas, pero conforme avanzaba el tiempo cada una nos íbamos sintiendo más cómodas. Las primeras veces nos limitamos a ser amigas, nada de hacer cosas de pareja mientras yo estaba transformada. Eventualmente comprendió que yo era la misma persona de la que ella se había enamorado, y que lo único diferente eran las prendas que me cubrían; esas ropas no modificaban mi esencia, y fue así como comenzamos a tratarnos de igual manera mientras yo estaba vestida que cuando no lo estaba.

Fue muy importante para nosotras respetar los tiempos establecidos para comportarme como hombre y también para hacerlo como mujer pues, como ya mencioné antes, era necesario hacerle saber y sentir que ella aún tenía a su novio, que no se había transformado de repente en una novia. Claro que dichos tiempos no eran inflexibles, pero lo más vital era la comunicación y la confianza.

Si están en una situación similar, les aconsejo que lo hablen y lo platiquen con toda la honestidad, y estoy segura que encontrarán una solución que resulte beneficiosa para ambos.

Consejos para evitar ser descubierta.

Tener una doble vida es inherente a la feminofilia. Con el tiempo, y a la mala, se van aprendiendo algunos trucos que facilitan el que la identidad femenina permanezca oculta para quienes no deseamos revelarles nuestro secreto.

Cuando yo era (más) joven, me habría encantado que alguien compartiera conmigo sus experiencias, de manera que pudiese ahorrarme malos momentos, malentendidos y disgustos relacionados con mi afición por vestirme de mujer. Es por eso que este post tiene la finalidad de ayudar a quien lo lea a estar más preparada y evitar ser descubierta.

Conserva la menor cantidad posible de ropa femenina. Sí, sé que este punto puede sonar desagradable, pues la feminofilia es la afición por vestirse y actuar como mujer, y qué mejor que hacerlo con nuestras propias prendas. Sin embargo, el consejo es especialmente útil si vives con tus padres, con roommates o con cualquier otra persona con quien compartas un domicilio. Entiendo que encontraste un vestido maravilloso y deseas comprarlo, o que te enamoraste de esa preciosa peluca de cabello castaño, largo y ondulado, o que unos zapatos rosas que hagan juego con tu blusa son un must-have, pero ve con calma y antes de adquirir algo nuevo, visualiza en dónde lo vas a esconder.

No dejes rastros de tu feminidad al descubierto. Este consejo está enfocado a aquellas chicas que pueden darse el lujo de vivir solas, el cual es mi caso. Cuando me independicé y caí en la cuenta de que podía decorar mi casa como me viniera en gana, mi lado femenino quiso desbocarse y darse a la tarea de adquirir cuanta cosa y detalle encontrara en el camino y que destilara feminidad. ¡Mala idea! Aunque vivas sola, ten presente que eventualmente recibirás visitas. Pueden ser familiares, amigos, compañeros de trabajo, tu pareja (si aplica) y entonces tendrás dos opciones: esconder todo de manera apresurada cuando eso suceda, o tener lista una excusa que explique la existencia de tales objetos en tu casa. Lo mejor, creo yo, es tener tan solo un par de detalles que le den ese toque femenino a tu hogar, pero sin exagerar.

Ten cuidado con las compras en línea. Sí, estoy consciente que adquirir cosas vía web, refugiada tras el anonimato de una pantalla, es un paraíso para nosotras, pues así no debemos aguantar la pícara mirada de los vendedores en un almacén cuando finges que lo que estás comprando es para tu novia, o tu hermana, o tu prima. Pero sé muy cuidadosa cuando llegue el momento de darle clic al botón de comprar. Si utilizas sitios como Mercado Libre o Amazon, crea una cuenta especial para tu lado de mujer. No mezcles esas compras con las cotidianas que haces en tu día a día, ya que el historial de compras (al menos en Mercado Libre) no se borra hasta después de un año. Por otro lado, trata de tener una tarjeta de débito especial para lo que le compres a tu lado de mujer, ya que no querrás que un estado de cuenta con compras en Ilusión, Fiorentina o Victoria’s Secret caiga en las manos equivocadas.

Utiliza el modo privado de tu navegador de internet. Este consejo va de la mano con el anterior. El modo privado permite que no quede evidencia escrita de tu historial de búsqueda, ni de sitios visitados, ni de datos ingresados a los portales de internet. No está por demás recomendar que crees una cuenta de correo electrónico solo para usarla en tu lado femenino.

Utiliza tus redes sociales de mujer en un dispositivo separado. Este consejo es un poco más complicado de seguir, ya que un celular, una tableta o una laptop no son especialmente baratos. Sin embargo, es una inversión que puede salvarte de muchos malos ratos. Facebook, Instagram, WhatsApp y lo que tu lado de niña quiera utilizar podrán ser usados con completa libertad y sin peligro de que alguien descubra esos perfiles por accidente. Si no te es posible dedicar un dispositivo tan solo a esta personalidad femenina y te ves forzada a compartirlo con tu lado masculino, elige no compartir los contactos con estos perfiles, porque entonces les aparecerá tu perfil como sugerencia de amistad. Asegúrate de desactivar las notificaciones y de cerrar las sesiones cuando estés con alguien que pueda acceder a tu dispositivo. No querrás prestarlo a alguien para que ponga música en Spotify y que en ese momento te llegue una notificación que te delate.

Trata de no poner tu rostro como foto de perfil. Sí, sí. Entiendo que estás orgullosa de tu maquillaje, que te encantó cómo se ve esa peluca nueva, que esos aretes te hacen ver más femenina y quieres poner esa foto como perfil en todas tus redes sociales. Podrás hacerlo, pero sé paciente. Yo te sugiero que, si acabas de crear una cuenta, no vayas inmediatamente a poner tu cara como imagen de perfil. ¿Por qué? Porque si tienes algún dato compartido con tus perfiles de hombre, los algoritmos encargados de las sugerencias de amistad pueden jugar en tu contra y mostrar ese perfil a tus conocidos. Si eso sucede y tienes una imagen que no muestra tu rostro, no habrá problema y te limitarás a bloquear a ese contacto para que no pueda encontrarte. Después de un par de meses que las sugerencias de amistad hayan cesado y que hayas bloqueado a todos los que no quieres que vean ese perfil, entonces sí que podrás poner esa hermosa foto de tu increíble maquillaje.

Esos son los consejos que se me ocurren de momento, y además creo que este post ya se hizo muy largo y no es mi intención aburrirlas. Si se te ocurre algún otro tip de seguridad, no dudes en compartirlo en los comentarios.

Mi ritual de transformación

Anteriormente he escrito acerca de la diferencia entre solo “vestirme”, y lo que llamo “transformarme”, pero en esta ocasión deseo compartir con ustedes la descripción de ese ritual de transformación, que a veces resulta mucho más placentero que el resultado final.

Lo primero que hago es deshacerme de vello. Comienzo por rasurarme la cara y para ello utilizo un rastrillo de mujer. Es fundamental que toda la experiencia sea lo más femenina posible. Al terminar, aplico un gel que reduce la irritación.

Luego viene lo más complicado, que es la remoción del vello que crece en el pecho, el abdomen, las piernas, las pompis, los pies y las axilas. Esto es lo que me toma más tiempo porque, dependiendo del lapso existente entre una rasurada y otra, hay que comenzar recortando los vellos con tijeras para dejarlos lo más pequeños posible, y luego ya pasar al rastrillo. Sé que más de una argumentará que existen otros métodos, como la cera fría, la cera caliente o las cremas depilatorias, pero para mí el rasurado es la elección. De igual manera que para con el rostro, utilizo también un rastrillo de mujer para este propósito.

Una vez que el vello ha sido eliminado, es momento de depilar mis cejas, y para esto me valgo de unas pincitas con el fin de retirar los pelitos que crecen entre mis cejas y los que se salen de la forma natural de las mismas.

A continuación, el baño. Con agua caliente para que se abran los poros. En este paso el champú, el jabón y el estropajo son también lo más femeninos posibles, ya que es relevante para mí que el aroma que desprenda al salir de la ducha sea un aroma característicamente de mujer. Antes de cerrar la regadera, una rápida aplicación de agua fría para cerrar los poros y ayudar a reducir la irritación del rasurado corporal. De nueva cuenta una aplicación del gel para después de afeitar al terminar el baño.

Una vez afeitada y bañada (y ya seca), me coloco la toalla en la cabeza como si tuviera el cabello largo, y me envuelvo en una bata de satín floreada color azul, mientras me dirijo a la parte de la casa en donde se encuentra mi guardarropa femenino. Abro el cajón de la ropa interior y escojo unas panties y un bra. A continuación, mi momento favorito llega: el de escoger blusa y falda. No es que tenga miles de opciones, pero sí las suficientes para tardarme diez o quince minutos para decidir qué usaré, quizás después de probarme dos o tres combinaciones.

Ya que estoy ataviada con el atuendo de mi elección, viene la hora del maquillaje. Tengo que reconocer que no soy muy diestra en la aplicación del mismo, pero disfruto muchísimo el proceso de hacerlo. Comienzo siempre poniéndome un corrector anaranjado en la zona donde me sale el bigote y la barba, que se extiende hasta la parte superior del cuello. Luego viene un corrector blanco para las ojeras, y este también lo aplico en mis párpados móviles. Por último, me aplico un corrector verde para los granitos y manchitas rojas. Una vez que todos los correctores están difuminados, utilizo la base en todo el rostro. Termino esto con una capa ligera de polvo compacto translúcido.

Sigue la sombra. Generalmente aplico tres tonos: uno medio para el párpado móvil, uno claro para la zona cercana al lagrimal, y uno oscuro para la parte externa. Ya que me he maquillado los párpados, viene lo que más problemas me causa, que es la colocación de las pestañas postizas. Usualmente me quedo satisfecha (o resignada) al segundo o tercer intento. Ya que están puestas, me valgo de rímel y un enchinador para fundirlas con las mías y que no se note la división. Finalizo el maquillaje con el lápiz labial e, invariablemente, me mando un beso a mí misma en el espejo al terminar.

Lo que sigue es el esmalte de unas. Elijo un color que vaya de acuerdo a mi blusa y pinto las de los pies y las de las manos. El tiempo que tardan en secar lo ocupo leyendo alguna revista de mujeres, como Cosmopolitan, Vogue o Vanidades.

Una vez que secó el esmalte de uñas, me pongo unas pantimedias naturales y los zapatos de tacón. Después me coloco alguna gargantilla y pulseras o anillos. Saco las pelucas de su escondite y elijo el look y el color que más me agrade en ese momento. Tomo dicha peluca, la arreglo con un cepillo y me la pongo. Vuelvo a cepillarla y, como último paso me cuelgo de mis orejas unos aretes de clip.

La transformación está completa y soy, al fin, Nadia Mónica Martínez S.

La culpa de travestirse

De acuerdo con mi terapeuta, la culpa no es un sentimiento innato, es decir, no nacemos con ella programada en nuestro abanico de emociones. Es algo que se aprende de la sociedad y el entorno que nos rodean. Su propósito: mostrar que estamos arrepentidos y que entendemos que lo que hicimos no estuvo “bien”, de acuerdo al código de conducta establecido por dicha sociedad.

Como he comentado en ocasiones anteriores, mi feminofilia comenzó desde una edad muy temprana. Recuerdo que en aquellos días solía pedirle a mi madre que me vistiera con un atuendo de mi bautismo que se asemejaba a un vestido. Yo lo hacía con toda la inocencia y sin culpa alguna, pues no sabía que era “malo” pero, con el tiempo aprendí que no “debía” sentir atracción por las prendas femeninas y comenzó la culpa por este gusto.

Eso me llevó, como creo que a muchas de nosotras, a refugiarme en la clandestinidad. A aprovechar los exiguos minutos a solas para vestirme con las escasas prendas que podía esconder en los rincones más variopintos de mi habitación. Al terminar de “vestirme” estaba tan excitada que inevitablemente venía la masturbación e inmediatamente después me invadía la mayor culpa y vergüenza de todas, que me llevaba a despojarme de esas prendas a toda velocidad, para después tirarlas y jurar que nunca lo haría de nuevo.

Pero ¡adivinen qué! De manera invariable, recaía. A veces unos días después, a veces incluso sólo unas horas después, y el ciclo se repetía. Yo hacía planes cada vez más sofisticados para no volver a vestirme de mujer. Me autoimponía castigos y sanciones con el fin de evitar hacerlo, pero nada funcionaba. Antes y durante el proceso de travestirme me sentía muy bien; motivada, emocionada, feliz. Pero, después, me sentía sucia, avergonzada e, incluso, pecadora, debido a mi educación bajo la religión católica tradicional.

Querida amiga feminófila: si tú estás en esta situación, quiero decirte que esta etapa es completamente normal y es parte del proceso de autoaceptación. La feminofilia o el travestismo heterosexual no es una enfermedad ni algo por lo que deberías sentirte avergonzada. Forma parte integral de quién eres y no puedes separarlo de ti. Es algo de lo que te hace ser tú. Aprende a aceptarte primero tú, si deseas que eventualmente los demás te acepten. Debes saber de antemano que, no importa cuánto arrepentimiento o culpa sientas luego de vestirte de mujer, es una sensación que siempre regresará. Te lo digo por experiencia.

Puedes tratar con todas tus fuerzas de alejar ese sentimiento de ti. Puedes prometerte dejarlo. Probablemente lo intentarás con toda la voluntad el día en que tengas novia o conozcas a una mujer con quien quieras compartir tu vida. Es muy probable que lo logres contener durante un tiempo; unas semanas, unos meses o, en el mejor de los casos, unos años. Pero déjame decirte, también por experiencia, que tarde o temprano las ganas por vestirte volverán, y con más intensidad entre más trates de reprimirlas.

Mi recomendación: acéptalo. ¡Vive tu travestismo sin culpas y disfrútalo! Que definitivamente te traerá muy buenas experiencias.